<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-8891293885312798490</id><updated>2011-04-21T20:42:21.741-03:00</updated><title type='text'>Sagas de Drimeia</title><subtitle type='html'>En la noche oscura de los tiempos Drimeia emergió como un haz de luz entre medio de un mundo de barbarie y salvajismo. Su seno dio abrigo a las artes, a la ciencia, a las religiones cuyos dioses no eran aberraciones surgidas del abismo. En su historia muchas veces tuvo que levantar su espada contra los enemigos de la civilización, adoradores de las sombras,monstruosidades inhumanas, bestias demoníacas. En varios de los enfrentamientos venció... pero no en todos</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://www.sagasdedrimeia.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8891293885312798490/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.sagasdedrimeia.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Maximiliano Basilio Cladakis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/11689897027038262016</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>11</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8891293885312798490.post-8292995672714868576</id><published>2009-04-15T00:40:00.007-03:00</published><updated>2009-04-20T09:27:34.598-03:00</updated><title type='text'>En los Reinos del Hielo (Capítulo 5)</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SexqMs9nFHI/AAAAAAAAAEA/2P84p_wqPnU/s1600-h/ascanioEneas.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 222px; height: 400px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SexqMs9nFHI/AAAAAAAAAEA/2P84p_wqPnU/s400/ascanioEneas.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5326749225733002354" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Keraos abrió de una patada la puerta de la casa donde vivía Ragnor. El anciano se encontraba agachado junto a un brasero sobre el cual se calentaba una olla de agua con hierbas. Al sentir aquél golpe, se incorporó sobresaltado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Qué pasa? ¿Qué es esto?- gritó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin prestar ninguna atención a estas palabras, Keraos entró a la habitación, llevó a su padre hasta el lecho que se hallaba en una de las esquinas y lo acomodó en él. Detrás del joven llegaron los otros soldados. A diferencia del hijo de Protarco, estos penetraron en la choza lentamente y con cautela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Permiso, señor- dijo uno de ellos mirando a Ragnor con gran respeto- se trata de Protarco.&lt;br /&gt;-&lt;br /&gt;El anciano arqueó las cejas para luego fruncirlas. Miró a los soldados y luego a Keraos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡No me importa de quien se trate! ¡Nadie puede entrar así a mí hogar! ¡Se me debe un respeto que no permitiré que nadie, absolutamente nadie, me arrebate!- y lanzó una nueva mirada, llena de cólera, a los soldados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estos agacharon la cabeza. Al igual que a la mayoría de los hella, el curandero les causaba admiración a la vez que terror. Sabían que él trataba con fuerzas que estaban más allá de su comprensión, que de la misma manera en que podía salvar una vida, podía también exterminarla. Contra sus poderes de nada valía el acero ni el valor. Ese anciano solitario, de largos cabellos blancos, de barba sucia y tupida, era visto como una especie de demonio menor que, si bien mortal, tenía un contacto muy íntimo con las fuerzas arcanas que regían el cosmos. Sin embargo, no era únicamente temido por esto. Se trataba de alguien con mucha influencia en el reino. Desde hacía años se había granjeado el respeto de varios soldados y hombres ricos por medio de las ayudas esotéricas que solía brindar. Entrometerse con él implicaba entrometerse con gente poderosa que estaba dispuesta a todo por seguir contando con los favores de este intermediario entre los hombres y las potestades superterrenales. Aunque vivía de manera miserable, se trataba, además, de un hombre rico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Ahora mismo les ordenó que se vayan de aquí!- bramó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Keraos se volteó hacia el anciano y se abalanzó sobre él. Lo tomó de un brazo y lo llevó contra una pared. Los rostros de los soldados se volvieron blancos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Maldito vejestorio!- dijo Keraos sin soltarle el brazo- Ahora mismo vas a averiguar que demonios le pasó a mí padre y más te vale que lo cures sino te juro que no habrá conjuro alguno que te salve de mi espada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ragnor sintió que el corazón se le estrujaba dentro del pecho. Era una de las pocas veces que vio su vida realmente amenazada. El joven guerrero no estaba mintiendo ni exagerando. El curandero siempre notó que tanto Keraos como su padre no tomaban muy en serio sus poderes; más de una vez oyó al soldado de cabellos dorados burlarse de ellos por lo bajo. Sabía que en una situación como esta, con la vida de Protarco en juego, el muchacho no dudaría en cumplir su amenaza en caso de salir algo mal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un gesto de obediencia el anciano levantó las manos a la vez que agachó la vista. Keraos lo soltó pero permaneció unos segundos frente a él sin dejar de mirarlo; luego se volteó hacia el lecho donde yacía el general y fue hasta él. Ragnor lo siguió y, parado a su lado, dijo de manera cortante:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Déjenme a solas con él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Keraos acaricio la frente de su padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Está bien- respondió el joven en tono parco; tras esto se alejó del inerte cuerpo y salió de la choza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El resto de los soldados acompañó al hijo de Protarco hacia fuera. Uno de ellos le dijo que debían de seguir con su ronda pero que antes les avisarían a los guardias del rey sobre lo acontecido al general. Keraos asintió con la cabeza mientras apoyaba la espalda sobre la puerta de entrada de la casa del anciano. Los soldados se despidieron de él. Al hacerlo le aseguraron que en cuanto les fuera posible volverían para saber como se encontraba su padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Keraos suspiró. En las calles del poblado ya había más gente andando. Algunos niños corrían mientras se lanzaban bolas de nieve jugando a la guerra. Los adultos, a pesar de que en sus rostros se dibujaban ojeras y cansancio, volvían a sus ocupaciones habituales. Hablaban entre ellos del triunfo ante los vanathar, de los festejos de la última noche, de que ahora Hella podría posicionarse de mejor manera entre los demás reinos del norte. El rugido de los martillos de los herreros domando el metal se hacía más frecuente a medida que pasaba el tiempo y los caballos y carros fluían en mayor cantidad por entre los blancos canales de nieve. La loma en donde se erguía Hella comenzaba a revestirse de movimiento, de voces, de vida; todo ello contrastaba con la desolación y silencio que reinaba en el espíritu de Keraos. Su relación con Protarco era difícil; sin embargo ese hombre duro, forjado en mil batallas, con el que tenía más diferencias que semejanzas, era lo único que poseía en el mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Unos minutos después la puerta en donde se apoyaba se abrió. Keraos se dio vuelta. Frente a él se hallaba Ragnor. El anciano hizo un gesto para que entre a su casa. Keraos volvió a suspirar e hizo caso a la señal del curandero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- O sea que Mjonspell requiere mi ayuda- dijo Elegard por tercera vez mientras sentía que un torrente ácido atravesaba su estomago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Si, señor. Así es- respondió el gigante pelirrojo mirando fijamente a los ojos del rey- Nuestro dignísimo soberano, os pide el favor de cooperar en esta negociación. Vuestra majestad sabe muy bien que nuestro pueblo siempre ha preferido arreglárselas solo; sin embargo, Mjonspell piensa que ya que dentro de poco vuestra querida Hanna y nuestro príncipe Anthor serán marido y mujer, esta solicitud es casi un pedido entre familia. Con vuestro apoyo se podría establecer más fácilmente algo de paz entre los yrigmar y los ballahires.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Elegar se llevó una mano a la sien. La cabeza le dolía demasiado; además tenía que realizar grandes esfuerzos por mantener la vista fija en el hombre que estaba frente a él. La guardia real y los soldados yrigmar lo miraban con atención esperando la respuesta del monarca. Elegard se sentía asfixiado por todas aquellas miradas; tenía que razonar y hablar con corrección y eso le parecía una tarea imposible. El bacanal festejo de la última noche había dejado secuelas. Ese día no tenía pensado recibir a nadie; pero sabía que no era para nada inteligente no atender a los enviados de Yrigmar, un aliado más que importante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Salimos de nuestra patria antes de saber el resultado de vuestra batalla contra las huestes de Funther- prosiguió el extranjero a la vez que una sonrisa de costado asomaba en sus labios- La intención de Mjonspell de ser favorable para vosotros dicho resultado era hacer el pedido que nos encontramos haciendo en este preciso momento; pero de serles este adverso íbamos a hacerles saber que las espadas de nuestro pueblo están a vuestro servicio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Sí- dijo el rey ahogando un eructo- El lugar del intercambio… ¿Dónde dijiste que sería?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- En la ladera occidental del Monte del Hacha, frente al Lago de los Murmullos.&lt;br /&gt;Elegard frunció el entrecejo en un intento de parecer inteligente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Por qué en ese lugar? Está algo lejos de ambos reinos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Exactamente por ello- respondió el soldado- Cuanto más lejos, mejor. Es sabido que el odio entre ambos pueblos es inmemorial, las guerras que hemos mantenido a lo largo de los años, de los siglos incluso, han generado interminables ríos de sangre. Un lugar alejado nos pondría en igualdad de condiciones. Además, aquel sitio es un lugar sagrado, los mismos dioses tienen prohibido realizar allí cualquier acto de violencia. Así y todo, para estar más seguros de que no renazcan los habituales rencores, necesitamos garantes. Es decir, los necesitamos a ustedes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Está bien. Díganle a vuestro rey que mañana mismo partirá un grupo de soldados hacia Yrigmar. Mjonspell dentro de poco será mi consuegro; es justo que haga lo que me pide. Pueden marcharse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los gigantes de cabellos rojos inclinaron la cabeza en señal de agradecimiento y salieron de la habitación. Elegard ordenó a uno de sus guardias reunir un grupo de soldados.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8891293885312798490-8292995672714868576?l=www.sagasdedrimeia.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://www.sagasdedrimeia.com/feeds/8292995672714868576/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.sagasdedrimeia.com/2009/04/en-los-reinos-del-hielo-sexta-parte.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8891293885312798490/posts/default/8292995672714868576'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8891293885312798490/posts/default/8292995672714868576'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.sagasdedrimeia.com/2009/04/en-los-reinos-del-hielo-sexta-parte.html' title='En los Reinos del Hielo (Capítulo 5)'/><author><name>Maximiliano Basilio Cladakis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/11689897027038262016</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SexqMs9nFHI/AAAAAAAAAEA/2P84p_wqPnU/s72-c/ascanioEneas.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8891293885312798490.post-3426515598364483810</id><published>2009-04-15T00:37:00.003-03:00</published><updated>2009-04-20T09:31:03.713-03:00</updated><title type='text'>En los Reinos del Hielo (Capítulo 6)</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/Sexq-bLQ_NI/AAAAAAAAAEI/O3sniiNA_bE/s1600-h/rdh6.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 132px; height: 400px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/Sexq-bLQ_NI/AAAAAAAAAEI/O3sniiNA_bE/s400/rdh6.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5326750079951895762" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;meta equiv="Content-Type" content="text/html; charset=utf-8"&gt;&lt;meta name="ProgId" content="Word.Document"&gt;&lt;meta name="Generator" content="Microsoft Word 11"&gt;&lt;meta name="Originator" content="Microsoft Word 11"&gt;&lt;link rel="File-List" href="file:///C:%5CUsers%5CNatalia%5CAppData%5CLocal%5CTemp%5Cmsohtml1%5C01%5Cclip_filelist.xml"&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;14&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:punctuationkerning/&gt;   &lt;w:validateagainstschemas/&gt;   &lt;w:saveifxmlinvalid&gt;false&lt;/w:SaveIfXMLInvalid&gt;   &lt;w:ignoremixedcontent&gt;false&lt;/w:IgnoreMixedContent&gt;   &lt;w:alwaysshowplaceholdertext&gt;false&lt;/w:AlwaysShowPlaceholderText&gt;   &lt;w:compatibility&gt;    &lt;w:breakwrappedtables/&gt;    &lt;w:snaptogridincell/&gt;    &lt;w:wraptextwithpunct/&gt;    &lt;w:useasianbreakrules/&gt;    &lt;w:dontgrowautofit/&gt;   &lt;/w:Compatibility&gt;   &lt;w:browserlevel&gt;MicrosoftInternetExplorer4&lt;/w:BrowserLevel&gt;  &lt;/w:WordDocument&gt; &lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:latentstyles deflockedstate="false" latentstylecount="156"&gt;  &lt;/w:LatentStyles&gt; &lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;style&gt; &lt;!--  /* Style Definitions */  p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal 	{mso-style-parent:""; 	margin:0cm; 	margin-bottom:.0001pt; 	mso-pagination:widow-orphan; 	font-size:12.0pt; 	font-family:"Times New Roman"; 	mso-fareast-font-family:"Times New Roman";} @page Section1 	{size:595.3pt 841.9pt; 	margin:70.85pt 2.0cm 2.0cm 2.0cm; 	mso-header-margin:35.4pt; 	mso-footer-margin:35.4pt; 	mso-paper-source:0;} div.Section1 	{page:Section1;} --&gt; &lt;/style&gt;&lt;!--[if gte mso 10]&gt; &lt;style&gt;  /* Style Definitions */  table.MsoNormalTable 	{mso-style-name:"Tabella normale"; 	mso-tstyle-rowband-size:0; 	mso-tstyle-colband-size:0; 	mso-style-noshow:yes; 	mso-style-parent:""; 	mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; 	mso-para-margin:0cm; 	mso-para-margin-bottom:.0001pt; 	mso-pagination:widow-orphan; 	font-size:10.0pt; 	font-family:"Times New Roman"; 	mso-ansi-language:#0400; 	mso-fareast-language:#0400; 	mso-bidi-language:#0400;} &lt;/style&gt; &lt;![endif]--&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="" lang="ES"&gt;La noche ya se desplegaba sobre el reino de Hella. El cielo comenzaba a nublarse nuevamente haciendo desaparecer a las estrellas que brillaban sobre lo alto. Los ancianos del pueblo pronosticaban una tormenta de nieve para los próximos días, una tormenta de nieve mucho más fuerte que la anterior. Las calles estaban calmas, silenciosas, desiertas; los habitantes del pueblo se habían ido a dormir más temprano que lo habitual; al día siguiente, todos debían de regresar a sus ocupaciones, ya no había festejos que sirvieran de excusa. La guerra, la victoria; tanto una como la otra habían terminado; la rutina regresaba, como una verdad incandescente que marcaba la vida de hombres, niños, mujeres, pobres, ricos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La puerta lateral del palacio se abrió. Un carro de madera y bronce, tirado por dos caballos salió de allí. La parte de atrás estaba techada por unas mantas de piel de oso mientras que dos soldados ocupaban la parte delantera; uno conducía, el otro llevaba en alto su espada y su escudo. Un grupo de jinetes cabalgaba alrededor del carro absolutamente armados. Mazas, espadas, hachas y lanzas resplandecían en la oscuridad de la noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cortejo anduvo un rato por entre las calles de tierra y piedra. Los cascos de los caballos retumbaban de manera notoria; sin embargo a nadie parecía importarle. Nadie, siquiera, se acercó a la ventana de su casa para ver que ocurría afuera. El grupo se detuvo al llegar frente al hogar de Ragnor. Los jinetes conformaron entonces un círculo en torno al carro. Un soldado se apartó del grupo y golpeó la puerta de entrada de la choza. El anciano hechicero no tardó ni medio minuto en abrirla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La portezuela del vehículo se abrió y por ella salió Elegard. El rey se encaminó hacia la vivienda de su súbdito acompañado por dos guardias. Ya adentro dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Pero… ¿en que diablos pensabas? Salir a pasear en una noche tan fría como la de ayer, tras haber comido y bebido como lo hiciste... Si no hubiera estado tan ebrio no te hubiera permitido hacerlo… ¡Tienes suerte de continuar con vida!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las palabras iban dirigidas a Protarco, el cual yacía en el lecho donde horas antes lo había depositado Keraos. Su piel estaba algo macilenta y tenía la mirada cansada. Cuando vio al rey sonrió y se incorporó levemente sobre su hombro izquierdo. Keraos estaba sentado en una silla a su lado, había permanecido allí todo el día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Majestad, le agradezco por venir- dijo en un tono fatigado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No seas idiota- le respondió el rey- no eres solo mi general, sino también mi amigo, salvaste mi trasero más de una vez. Es lógico que me preocupe por ti y que venga a verte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Igualmente, quiero que sepa…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Igualmente, nada. Ahora, cállate y evita cansarte, trata de recobrar energías- replicó el monarca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A continuación, Elegard interrogó al curandero sobre el estado de su general. Este le informó que efectivamente su estado se debía a la combinación de alcohol, comida y frío en exceso. Tal mezcla le había producido una fuerte indigestión, acompañada de fiebre. Le dijo también que Protarco estuvo inconsciente varias horas, horas en que entre él y Keraos estuvieron untando su cuerpo con aceites de hierbas y haciéndole aspirar vapores medicinales. Al volver en sí, el general vomitó varias veces; cosa que era necesaria para expulsar toda la inmundicia que llevaba dentro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Va a estar bien- terminó por decir- sólo necesita descansar y hacer una dieta estricta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El rey se acercó al lecho y se sentó sobre uno de los bordes. Le dio unas palmadas en la espalda a Keraos, a las cuales el muchacho respondió con una sonrisa forzada. Elegard entonces le dijo a Protarco que si bien fue informado de su estado de salud apenas se hubo desmayado, no pudo ir a verlo antes debido a la visita que había tenido y a las tareas que tuvo que organizar a partir de esta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No sabes lo duro que fue atender todas esas cuestiones con los efectos de la borrachera de ayer- y lanzó un estruendosa carcajada- Gracias a los dioses ahora estoy un poco mejor; al menos el dolor de cabeza es soportable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- O sea que tienes que ser garante de tu consuegro…-le dijo Protarco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El rey suspiró en un gesto de fastidio pero que a la vez era también de resignación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Así es, amigo. Mjonspell ya está pidiendo favores antes de que se concrete la unión. Igualmente continúa siendo una alianza conveniente; los hella unidos a los yrigmar…seriamos prácticamente los más fuertes en esta región del mundo. Lo único que me preocupa es Hanna… no quiero sea infeliz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al oír esto último, Keraos se levantó bruscamente de su asiento y dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Saldré a tomar aire, llevo mucho tiempo encerrado, me siento ahogado- y salio de la choza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Elegard y Protarco se miraron algo sorprendidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Bueno… es Keraos. De este muchacho no debe sorprendernos nada- bromeó el rey.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego de este comentario Elegard le siguió dando los detalles del “favor” que debía hacerle a Mjonspell. Se trataba de un intercambio de prisioneros. La última batalla entre los yrigmar y los ballahires se dio alrededor de un año atrás. El triunfo fue técnicamente de los primeros; sin embargo podría decirse que fue una especie de “empate”; ambos bandos se hicieron con un grupo importante de prisiones. En los últimos meses tanto Mjonspell como el rey de los ballahires, estaban intentando limar asperezas entre los dos pueblos. La amenaza de Funther hizo a ambos reyes replantearse la idea de la necesidad de realizar posibles alianzas en la región ante un enemigo común. El intercambio sería un primer paso para comenzar un proceso cuyo fin sería cerrar viejas heridas y apaciguar un odio inmemorial. Sin embargo, se había decidido que cada pueblo llevase representantes de otro reino que sirvieran como garantes de la buena fe de cada una de las partes. Los hella fueron los elegidos por los yrigmar y los drakkar por la ballahires. Precisamente ni los hella tuvieron nunca problemas con los ballahires; ni los drakkar con los yrigmar; por lo que ambas elecciones fueron aceptadas ningún inconveniente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Los enviados de Mjonspell, esos pelirrojos y soberbios gigantes, están descansando en el palacio…mañana volverán a Yrigmar con veinte de nuestros hombres. Es una lastima que no estés en condiciones de dirigir esta misión; no es nada peligroso, no creo que haya emboscadas ni nada por el estilo; pero, así y todo, ese lugar…el Monte del Hacha, el Lago de los Murmullos… no sé… se cuentan muchas historias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Es verdad… se cuentan muchas historias- respondió Protarco pausadamente, intentando no esforzarse- Pero de lo que más hay que preocuparse es de que una vez frente a frente los viejos odios no enturbien la mente de los yrigmar ni de los ballahires; hay que tener en cuenta que muchos de los hombres que se van a encontrar allí se enfrentaron varias veces en combate; que se encontraran tanto de un lado como del otro, asesinos de amigos, de hermanos, de padres. Se requiere mucho cuidado en ese sentido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No, majestad- volvió a hablar tras una pausa- realmente no me preocupan las historias de fantasmas, sino los rencores de los hombres. Si llegara a haber alguna pelea, nuestros soldados tendrían que tomar partido por los yrigmar, y los drakkar por lo ballahires. De pasar esto, nos ganaríamos dos enemigos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El rostro de Elegard adquirió un gesto de preocupación. Sabía que Protarco tenía razón. El pedido de Mjonspell no era tan inocente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Bueno- dijo, cambiando de tema- Quería decirte también que me gustaría que Keraos vaya con el grupo, es, sin lugar a dudas, uno de nuestros mejores guerreros; aunque su carácter no sea el mejor, su espada sí lo es.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Por supuesto que irá- respondió el general.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El rey sonrió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Pues bien, amigo, volveré al palacio y te dejaré descansar. Lo necesitas.&lt;br /&gt;El rey estrechó la mano de Protarco y se paró. Cuando se dispuso a caminar hacia la puerta, el guerrero de un solo ojo, dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Majestad, una pregunta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Sí, dime- respondió el rey volteándose.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Quien dirigirá esta misión en mi ausencia?.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Mi segundo hombre de confianza, por supuesto, es decir… Gannar.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8891293885312798490-3426515598364483810?l=www.sagasdedrimeia.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://www.sagasdedrimeia.com/feeds/3426515598364483810/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.sagasdedrimeia.com/2009/04/en-los-reinos-del-hielo-capitulo-v.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8891293885312798490/posts/default/3426515598364483810'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8891293885312798490/posts/default/3426515598364483810'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.sagasdedrimeia.com/2009/04/en-los-reinos-del-hielo-capitulo-v.html' title='En los Reinos del Hielo (Capítulo 6)'/><author><name>Maximiliano Basilio Cladakis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/11689897027038262016</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/Sexq-bLQ_NI/AAAAAAAAAEI/O3sniiNA_bE/s72-c/rdh6.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8891293885312798490.post-4451286076154700900</id><published>2009-04-15T00:35:00.003-03:00</published><updated>2009-04-20T09:21:59.040-03:00</updated><title type='text'>En los Reinos del Hielo (Capítulo 4)</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/Sexo3uAzDiI/AAAAAAAAAD4/g8_DPTHh_JA/s1600-h/639453725492c5405b63404.53792415-HPIM6431.JPG"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 400px; height: 298px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/Sexo3uAzDiI/AAAAAAAAAD4/g8_DPTHh_JA/s400/639453725492c5405b63404.53792415-HPIM6431.JPG" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5326747765725924898" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;- No hay nadie afuera, parece un poblado muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Sin lugar a dudas los festejos duraron hasta tarde anoche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los dos ancianos se encontraban en la calle, en el terreno que separaba sus casas. Miraban sin expresión la desolación que envolvía al poblado. Sus rostros apergaminados eran las únicas partes de sus cuerpos que no se hallaban cubiertas por pieles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sol había salido hacía bastante tiempo, sin embargo el amanecer aún parecía no haber llegado para los hella. Aparte de ellos dos se veían muy pocos transeúntes. En un taller se oía el choque del hierro sobre el hierro; algunos hombres acomodaban bolsas en los graneros; desde el puerto llegaron sólo unos pocos carros con pescado. De tanto en tanto podía verse pasar a un grupo de soldados semidormidos realizando un intento de guardia. El sol brillaba sobre un cielo pálido pero despejado; el frío era un motivo más para no salir del lecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno de los ancianos se acarició los largos cabellos blancos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Sí, ayer no hubo casa que no se inundara de cerdo, pescado y cerveza. Yo igualmente me fui a dormir temprano. Dentro de todo, alimentos no nos faltan. A veces creo que Elegard no es tan mal rey.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Seamos sinceros, aunque no me gusta que sea así, lo poco bueno que tenemos se lo debemos a un extranjero venido de los dioses saben donde. Si no fuera por él, estaríamos en el infierno…o en un sitio peor aún- tras decir esto el anciano escupió al suelo; antes de tocar la nieve, la saliva ya se había convertido en hielo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La puerta de una choza se abrió. De ella surgió una figura envuelta en un manto de piel. Al sentir el frío golpear contra su cuerpo, se inclinó hacia adelante. Se apoyó contra la pared intentando no caer. Las piernas le temblaban y un sudor helado empapaba su rostro. Su mirada, habitualmente vivaz e inteligente, se había convertido en la de un moribundo. El grupo de soldados pasó por enfrente de él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al ver a su jefe lo saludaron. Este ni siquiera se percató de su existencia. Los soldados notaron que Protarco no se encontraba bien y fueron hasta él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- General, ¿Qué le ocurre? ¿Se encuentra bien?- le preguntó uno, con tono de sincera preocupación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El guerrero de un solo ojo levantó la cabeza y lo miró. Movió los labios intentando decir algo pero de su boca no salieron sino unos balbuceos incomprensibles. Tras esto, se fue al piso de bruces. Los soldados lo levantaron y comenzaron a gritar intentando que recobrara el conocimiento. Keraos se despertó al oír los gritos y fue hasta donde se hallaba su padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El muchacho apartó a los demás soldados y tomó a Protarco entre sus brazos. Lo sacudió para reanimarlo pero el general no reaccionó. Keraos se volteó hacia los guardias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Qué demonios le pasó? ¿Quien rayos le hizo esto a mi padre?- Bramó el rubio joven.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No lo sabemos, apenas lo vimos y ya se encontraba así. Luego nos acercamos y perdió el conocimiento- le respondió uno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Llevémoslo a lo de viejo Ragnor, él sabrá que hacer- dijo otro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Keraos echó el cuerpo de su padre sobre los hombros y se encaminó rápidamente hacia la casa de anciano curandero. Detestaba a ese viejo y no creía para nada en sus supuestos poderos. Sin embargo, entre los Hella, no había otra opción. Los soldados lo siguieron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los dos ancianos miraron impávidos la escena, a unos treinta metros del lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Ya tenías que nombrarlo para que le ocurriera algo… ¿Te acuerdas cuando comenzaste a elogiar al padre de Elegard? Dijiste que era el mejor rey que habíamos tenido y a la semana lo asesinaron. Realmente tu vieja lengua trae mala suerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando el otro anciano oyó a su amigo frunció el entrecejo. Pero dos segundos después se echó a reír a carcajadas. El otro también lo hizo a continuación. Dos pares de encías rojas como la sangre, sin un solo diente, asomaron en toda su desnudez brillando entre la blancura que envolvía todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A unos kilómetros de allí, en el extremo noreste del territorio que pertenecía a los hella, tres soldados dormían profundamente al amparo de un enorme pino cubierto de nieve. Se hallaban tapados con pieles y apoyados sobre el tronco, uno al lado del otro para que el contacto entre los cuerpos les diera un poco de calor. Si bien en la noche anterior no habían sido invitados a la celebración ofrecida en el palacio, habían festejado por su propia cuenta. Al día siguiente les tocaba la guardía pero sabían que podían echarse una siesta. Luego de haber ganado una batalla tan importante, habría bastante flexibilidad con respecto al cumplimiento de las tareas. De descubrirlos nadie se enojaría demasiado por un pequeño descanso. Además, era un descanso necesario ya que hacía varias semanas que la inminencia de la batalla ante los Vanathar, había colmado de nerviosismo a todos los hella, sobre todo a los soldados que participarían en ella. No era que no se supieran fuertes y valientes. Pero, con todo, las tropas de Funther habían crecido mucho en el último tiempo; incluso, habían derrotado a guerreros tan fieros como los que había en el reino gobernado por Elegard.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El soldado del medio era el que más profundamente dormía. Por las comisuras de sus labios se extendía un hilo de baba que caía sobre el hombro de su compañero. Cada treinta segundos lazaba un ronquido grave que iba acompañado de un fuerte olor a alcohol fermentado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El roce de un filo helado sobre su rostro lo hizo moverse. Quiso seguir durmiendo pero aquel elemento volvió a molestarlo. Refunfuñó algo en tono molesto y trató de correr con la mano ese objeto. Al hacerlo, aún semidormido, se percató de que se trataba de una espada. Entonces abrió los ojos y se levantó de un salto tomando la espada que tenía al lado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Tranquilo, sólo estaba intentando despertar a alguno de ustedes… ¡Por los dioses que llevo tiempo haciéndolo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El soldado hella tenía frente así a un gigante de más de dos metros de altura. Su cabellos y barbas era tan rojas como el fuego y la mirada que le lanzaba era un mezcla entre burlona y despectiva. Tenía la gigantesca espada de hierro desenvainada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Pensaba que los hella tendrían unos guardias un poco más atentos- dijo el gigante dirigiéndose a sus compañeros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eran diez, todos enormes y pelirrojos. Estaban montados en caballos negros y armados con espadas, hachas y escudos. Sobre sus cabezas resplandecían cascos que imitaban cabezas de demonios; de sus hombros caían capas de piel anchas y largas. Sus rostros estaban cubiertos de cicatrices y poseían una expresión más helada que la nieve misma. El soldado se dio cuenta rápidamente que se trataba de un grupo de guerreros yrigmar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus dos compañeros se despertaron y se levantaron de un salto totalmente sorprendidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No se asusten…recuerden que ahora somos aliados- dijo sarcásticamente el gigante pelirrojo- No se preocupen, no vamos a hacerles daño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los tres hella se miraron entre sí. El que primero había sido despertado se adelantó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Pues bien- proclamó intentando sonar seguro- ¿Qué es lo que quieren?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Que nos lleven ante su rey, ante el “dignísimo” Elegard.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8891293885312798490-4451286076154700900?l=www.sagasdedrimeia.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://www.sagasdedrimeia.com/feeds/4451286076154700900/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.sagasdedrimeia.com/2009/04/en-los-reinos-del-hielo.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8891293885312798490/posts/default/4451286076154700900'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8891293885312798490/posts/default/4451286076154700900'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.sagasdedrimeia.com/2009/04/en-los-reinos-del-hielo.html' title='En los Reinos del Hielo (Capítulo 4)'/><author><name>Maximiliano Basilio Cladakis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/11689897027038262016</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/Sexo3uAzDiI/AAAAAAAAAD4/g8_DPTHh_JA/s72-c/639453725492c5405b63404.53792415-HPIM6431.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8891293885312798490.post-3924798366062024090</id><published>2009-04-15T00:33:00.003-03:00</published><updated>2009-04-18T11:52:18.489-03:00</updated><title type='text'>En los Reinos del Hielo (Capítulo 3)</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SenpAOb7ZVI/AAAAAAAAADg/ulLhS_bS2Cg/s1600-h/danae.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 400px; height: 366px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SenpAOb7ZVI/AAAAAAAAADg/ulLhS_bS2Cg/s400/danae.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5326044224426829138" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Sus senos se movían rítmicamente al compás de sus caderas. Apoyaba las manos contra la pared que tenía enfrente mientras de sus labios salían gemidos a cada instante más entrecortados. Sólo las brasas de una chimenea ubicada a unos tres metros del lecho iluminaban la espaciosa habitación. Si bien afuera el frío era abismal, de aquel cuerpo suave, joven y blanco, las gotas de sudor corrían semejantes a un manantial de perlas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De repente sus manos dejaron de apoyarse en la pared. Quebró la cintura hacía atrás e inclinó todo su peso sobre los brazos, los cuales formaban ahora un ángulo abierto con sus piernas. Los movimientos de sus caderas adquirieron entonces un ritmo frenético. Echó la cabeza sobre su nuca, dando la cara al elevado techo de madera. Unas manos fuertes se aferraron a sus nalgas y la hicieron moverse con mayor violencia aún. El rostro de la muchacha se desfiguraba en una mueca de placer casi demencial. Su cuerpo temblaba, su corazón latía como un tropel de caballos, se encontraba totalmente fuera de sí. Finalmente lanzó un grito agónico y se dejó caer sobre el cuerpo que estaba debajo de ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Cómo te sientes, “princesa”?- le dijo Keraos acariciando sus cabellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Te amo ¿lo sabes?- le respondió Hanna con la voz entrecortada, mientras apoyaba su cabeza sobre el pecho del muchacho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Keraos lanzó un suspiro y luego río cínicamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al notarlo la hija de Elegard se levantó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Pero ¿Por qué te ríes? No lo comprendo- le preguntó ella a la vez que de sus ojos asomaban unas lágrimas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Keraos alzó las cejas algo sorprendido. Luego hizo un gesto de fastidio y se levantó del lecho en dirección a donde estaban sus ropas. Hanna se quedó de pie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Te amo, ¿no te das cuenta? Te hice mi primer hombre, soy tuya, te pertenezco- Le dijo ya llorando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Keraos se vestía y sin siquiera mirarla le dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Tu eres la hija de un rey, si es que puede llamarse así a un glotón borracho como tu padre,…y yo, un simple soldado. Tu padre tiene otros planes para ti; ya estás comprometida con el hijo del líder de los Yrigmar. Te recomiendo que en vez de actuar como una chiquilla caprichosa, disfrutes de lo que hacemos. Una vez vi a tu pretendiente y no creo que goces mucho con esa bola de grasa pelirroja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha se acercó a Keraos y se abrazó a su cuello mientras este se ajustaba la capa de piel de oso. Hanna cubrió de besos el cuello de su amante. Luego tomó su rostro entre las manos y lo hizo voltear hasta que ambas miradas quedaron enfrentadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Keraos, eres el único hombre que amé, que amo y que amaré- proclamó ella sin que las lágrimas opacarán en lo más mínimo la seguridad de sus palabras- Estoy dispuesta a todo por ti. Absolutamente a todo. Jamás me tocará hombre alguno que no seas tú; sean cuales sean los planes de mi padre. ¡Escapemosnos de aquí! ¡Iniciemos lejos una vida juntos, donde ni tú seas soldado ni yo la hija de un rey que, como dices, apenas merece ser considerado como un hombre!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El muchacho se quedó unos segundos en silencio contemplando los ojos de Hanna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Tengo que irme- Dijo bajando la vista y apartándose de ella.&lt;br /&gt;Hanna también bajo la vista y en un susurro preguntó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No me amás ni remotamente, ¿no es cierto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El muchacho se ajustó la vaina de la espada al cinturón y sin siquiera mirarla le respondió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Quien ha visto lo que yo vi, quien ha asesinado a tantos hombres como yo asesiné, quien guarda tanto odio en su corazón como yo guardo, no es capaz de amar. Lo siento; esa es la verdad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al oír estas palabras Hanna soltó el cuello del joven guerrero y fue hacia su lecho sin volver la vista. Keraos ya vestido, se dirigió hacia un rincón de la habitación, donde colgaban unas cortinas cuyos bordados representaban de manera rústica pero bella un grupo de doncellas danzando en un prado verde. A la izquierda de la tela, a unos dos metros de altura, una ventana de madera se encontraba cerrada con unos pasadores de bronce.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Keraos tomó una silla y la colocó debajo de la ventana. Se paró sobre ella y corrió los pasadores. Al hacerlo recordó la primera vez que traspasó aquella entrada. Hacía exactamente un año de ello. Por un segundo, no pudo evitar voltear su cabeza hacia atrás y dirigirle una última mirada a la muchacha. Hanna estaba acurrucada en su lecho, tapada con varias mantas, de espaldas a él, mientras de tanto en tanto se le escapaba un sollozo que intentaba ahogar. El joven guerrero se volvió hacia la ventana y la abrió. El frío golpeó entonces sobre su cuerpo como si se tratase de una maza enemiga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Recuerda cerrar la ventana antes de quedarte dormida, afuera hace frío… demasiado frío- le dijo a la hija del rey antes de salir de la habitación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El muchacho traspuso la ventana y se dejó caer sobre el balcón del piso de abajo. Luego se tomó de las barandas de bronce y se extendió a lo largo. Sus pies aún estaban a unos dos metros del suelo. Se soltó para luego caer de cuclillas sobre la nieve con el silencio y la agilidad de un felino. Al ponerse de pie observó a su alrededor. No había nadie. La fachada este del palacio daba a unos huertos que en invierno estaban siempre desolados. Los guardias se hallaban en la entrada al huerto, la cual se encontraba a varios cientos de metros de allí. Keraos se fue deslizando entre las sombras, amparándose en los árboles y en las esquinas del edificio. Luego de algunos rodeos para esquivar a los guardias, finalmente salió a una especie de callejuela también desierta. Era muy tarde; ya había dejado de nevar pero continuaba haciendo un frío inhumano. En las chozas de barro cocido y roca no se veía ningún fuego de alumbre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando estaba por llegar a la casa que compartía con Protarco vio que venían en dirección a él dos figuras gigantescas. Se hallaban absolutamente ebrios. Hablaban a los gritos y caminaban tambaleándose, como si en cualquier momento estarían por irse al piso de bruces. Keraos reconoció la voz de uno de ellos, por lo que llevó su diestra a la espada que colgaba sobre su muslo izquierdo. Lo hizo con disimulo, aprovechando que el manto de piel de oso lo cubría casi por completo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente se cruzaron. Recién cuando lo tuvo al lado, Gannar reconoció al muchacho de cabellos rubios. Hizo silencio instantáneamente y su rostro alegre se volvió una expresión de odio. Quiso balbucear algo, pero su acompañante lo tomó del brazo y le hizo apurar el paso. Keraos lo miró fijamente a los ojos. Cuando pasaron de largo, el muchacho volteó la cabeza para continuar mirándolo. Gannar hizo lo mismo mientras seguía caminando en dirección opuesta. Al cabo de unos metros cada uno se hizo invisible para el otro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Keraos entró a su casa intentando hacer el menor ruido posible. No quería que Protarco se despertara y, menos aún, que comenzara a interrogarle acerca de a donde había ido. Se quito las botas y el cinturón del cual colgaba su espada; se acomodó en su lecho vestido e intentó dormirse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al cabo de un rato Protarco entró a la casa, también cuidadoso de no despertar al otro habitante del lugar. En su rostro se dibujaba la decepción. Había pasado varias horas en un establo ubicado en el lado este del poblado. Sin saber porqué había tenido todo el día la impresión de que la comitiva que esperaba llegaría esa noche. Se fue lo más pronto que pudo de la fiesta ofrecida por Elegard y pasó la mayor parte de la noche mirando al sur en ese solitario lugar. Sin embargo sus presentimientos habían sido infundados. No vino nadie a verlo. Hacia ya mucho tiempo que nadie lo hacía. A medida que pasaban los días, las semanas, los meses su preocupación iba creciendo hasta convertirse en angustia; una angustia tal que muy probablemente esa noche no le permitiría conciliar el sueño. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8891293885312798490-3924798366062024090?l=www.sagasdedrimeia.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://www.sagasdedrimeia.com/feeds/3924798366062024090/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.sagasdedrimeia.com/2009/04/en-los-reinos-del-hielo-capitulo-2_15.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8891293885312798490/posts/default/3924798366062024090'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8891293885312798490/posts/default/3924798366062024090'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.sagasdedrimeia.com/2009/04/en-los-reinos-del-hielo-capitulo-2_15.html' title='En los Reinos del Hielo (Capítulo 3)'/><author><name>Maximiliano Basilio Cladakis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/11689897027038262016</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SenpAOb7ZVI/AAAAAAAAADg/ulLhS_bS2Cg/s72-c/danae.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8891293885312798490.post-2927361403433794993</id><published>2009-04-15T00:32:00.003-03:00</published><updated>2009-05-15T19:54:31.206-03:00</updated><title type='text'>En los Reinos del Hielo (Capítulo 2)</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SexnRdGgwfI/AAAAAAAAADw/UpCfrlf9UA8/s1600-h/delightd.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5326746008839832050" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 301px; CURSOR: pointer; HEIGHT: 400px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SexnRdGgwfI/AAAAAAAAADw/UpCfrlf9UA8/s400/delightd.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;La cerveza corría caudalosamente entre los vasos y copas de bronce. Las risas, los eructos y las bromas vulgares pronunciadas a gritos conformaban una cacofonía que daba muestras de ello. De tanto en tanto, los recipientes chocaban entre sí y alguien se acordaba de dedicar una libación a los dioses. Afuera había comenzado a nevar hacía rato, pero entre el alcohol y el fuego en las chimeneas ninguno de los presentes sentía frío, incluso el sudor cubría la frente de varios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alrededor de cien hombres, de brazos fuertes y de espaldas gigantescas, de rostros curtidos por el frío y las cicatrices, celebraban su victoria en el recinto real. Aquella habitación grande y cálida, construida en parte por bloques de piedra, en parte por barro cocido, era el lugar más vistoso del poblado de los Hella. Espadas y escudos de bronce colgaban de las paredes, unas cortinas rojas con detalles dorados separaban la sección destinada a los festejos de las otras; incluso había en varios rincones estatuas de madera que representaban las cinco divinidades de la guerra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Protarco iba y venía entre las mesas, saludando a los guerreros, bebiendo y bromeando con ellos, preguntándoles sobre sus vidas, sobre sus estados de ánimo y sobre sus familias. Poseía un liderazgo muy fuerte, sus hombres lo respetaban y querían. Tenía el extraño don de hacerse ver un igual ante los soldados sin perder nunca la autoridad. La simpatía y admiración que sentían por él era equiparable al rechazo que les provocaba su hijo Keraos. Una cosa que aumentaba los sentimientos positivos hacia el primero, es que este jamás mostró, como superior, preferencia por el segundo, lo trataba como a un soldado más. Incluso una vez había habido una disputa entre Keraos y otro soldado que llevó a un enfrentamiento con espadas, en el cual el rival del arrogante muchacho terminó con una oreja menos. Protarco mandó entonces a encerrar a su hijo durante algunas semanas en un calabozo, no sin antes ordenar que lo azotaran.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una voz anunció la entrada del rey a la habitación. Los soldados hicieron silencio y tragaron lo más rápido posible los pedazos de carne que tenían en la boca. Alguien se atoró y comenzó a toser, como si se estuviera ahogando. Un golpe en la espalda le hizo escupir un trozo de cerdo casi sin masticar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Elegard salió de una puerta ubicada en el extremo norte de la habitación que daba a un púlpito de un metro y medio de altura. A su lado se encontraba Hanna, su hija, una hermosa muchacha de dieciséis años, de cabellos marrones y de ojos verdes, cuya figura esbelta y delicada era un espectáculo que todo hombre de Hella admiraba. El rey caminó hacia el centro del púlpito y se sentó en el trono de madera. Su hija permaneció parada a su lado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Elegard sonreía. Su rostro se encontraba más colorado que de costumbre. Se notaba que había estado bebiendo. Sus ojos celestes contemplaban a los soldados con una expresión alegre y algo boba. La corona reposaba sobre unos cabellos que entremezclaban el blanco y el rubio. Tenía cuarenta y seis años; sin embargo aparentaba más. Era de gran tamaño y de joven había poseído también una gran musculatura; pero esta se había convertido, con el paso del tiempo, en grasa. Era obeso y tenía el rostro lleno de pequeñas arrugas que le daban diez años más de los que en verdad tenía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Soldados míos! Una vez más nos encontramos aquí para celebrar una nueva victoria. Esos perros isleños creían que íbamos a tenerles miedo, pero les demostramos que no somos cualquier pueblo. Ahora mismo, deben estar rogando a los dioses de que no seamos nosotros los invasores, que no seamos nosotros quienes los hagan salir de sus miserables chozas corriendo como ratas. Tal vez más adelante lo hagamos; pues quizás tengan lindas mujeres y no nos vendrían mal tenerlas en nuestros lechos. Lo mismo podremos decir de Funther y sus perros de Vanathar. Si piensa hacer con nosotros lo mismo que con los otros pueblos que se arrodillaron ante él, se equivoca. Saldrá perdiendo y no le quedará ni un miserable caballo en el cual huir ¿Qué pensáis vosotros?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un caos de risas y respuestas afirmativas inundó el salón. El rey también se echó a reír a carcajadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Bueno, amigos- volvió a hablar- no quiero aburrirlos. Ya habéis luchado y cumplido vuestro deber como siempre. Es hora de beber, comer y si se da la ocasión de gozar de alguna mujer que no sea vuestra esposa. Hay que celebrar y para eso estamos acá. ¡Que corra mucha cerveza! ¡Los hellarios somos conocidos en el mundo por ello! ¡Además de guerreros invencibles somos grandes bebedores! ¡Los más grandes de toda la tierra! ¡A beber, hermanos, que vuestro rey os acompaña! ¡Y lancemos loas a los dioses que nunca dejarán de estar de nuestro lado!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los presentes levantaron sus vasos y vivaron a la salud de Elegard. Unos sirvientes colocaron una mesa sobre el púlpito, frente al trono real, llena de cerveza y de carnes asadas. El rey llamó a Protarco y a algunos hombres más para que se sentaran a su lado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Mi amigo! ¡Mi compañero! ¡Mi súbdito más leal!- gritó Elegard parándose y abrazando a Protarco- Siéntate a mi lado y embriaguémonos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Sí, mi alteza- respondiole el guerrero de un solo ojo- Será un gran honor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Vamos! ¡No seas tan formal! Hoy es día de festejo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los dos hombres se sentaron y el rey ordenó a una sirvienta que le diera cerveza al general. Cuando la joven se inclinó para hacerlo la mano derecha del monarca se hundió en el trasero de ella. La sirvienta miró a Elegard sonriendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Prepárate para más tarde, niña. Hoy debemos de celebrar también en privado- proclamó el obeso rey también sonriendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Es una chica muy linda ¿no te parece?- le dijo a Protarco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Sin lugar a dudas- le respondió este.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Un día debes de probarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Si vos lo deseáis…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Pero no seas tan mojigato- gritó Elegard- ¡Vamos! No sería la primera vez que&lt;br /&gt;compartimos una chica ¿o te está fallando la memoria?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Protarco se echó a reír.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No señor, no me falla para nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Y tu hijo? ¿Dónde anda el “alegre” Keraos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Esta en aquél rincón- respondió Protarco señalando una esquina de la habitación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Keraos estaba sentado solo, contemplando las llamas que brotaban de unos pequeños troncos ubicados en la base de una chimenea a pocos metros de él. Un pedazo de cerdo asado apenas mordido y una jarra de cerveza sin siquiera tocar descansaban sobre su mesa. Parecía abstraído de todo lo que lo rodeaba, como si entre él y el mundo hubiera un abismo infranqueable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Dile que venga a divertirse con nosotros- dijo el rey.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No sé, alteza. Vos sabéis que no le gusta mucho “divertirse”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Elegard suspiró y luego tomó un sorbo largo de cerveza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- La verdad que no deja de sorprenderme lo distintos que son. Padre e hijo son polos opuestos, absolutamente opuestos. Disculpa que te lo diga, amigo, pero ese chico siempre tuvo algo extraño. Cuando ustedes llegaron aquí, hace… ¿Cuántos años?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Seis años- le recordó el guerrero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Elegard se quedó unos segundos en silencio con la mirada perdida. Luego eructó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Parece mentira que haya pasado tanto tiempo desde esa noche en la que nos cruzamos y que salvaste mi vida. Thiara todavía estaba viva…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al mencionar este nombre, el rey volvió a guardar silencio. A Protarco le pareció que en los ojos de su interlocutor estaban por asomarse unas lágrimas. Cuando él conoció al rey era un hombre digno, fuerte, pero luego de la muerte de su mujer entró en un proceso de decadencia que lo llevó a ser la bola de grasa, alcohol y vicio que era ahora. No podía pasar un día sin beber y si no fuera por Protarco ya hubiera perdido el trono ante alguna conspiración o algún ataque externo. Elegard estaba perfectamente consciente de ello y sólo con su general se mostraba en una actitud que en otro tiempo le había sido muy habitual.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Basta de recuerdos! ¡Pensemos en el presente y en la larga noche de placer que nos espera!- irrumpió el monarca sacudiéndose del triste torpor que por un momento lo había invadido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El general sabía muy bien que el único punto débil del pingüe soberano acababa de atravesarle el corazón con un acúleo envenenado y que ese llamamiento al gozo desenfrenado era la única manera para aquel hombre de volver al estado de vileza que anulaba su dolor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Perdonadme padre-la voz flautada de Hanna dirigiéndose a su progenitor que se estaba atiborrando de comida interrumpió los pensamientos de Protarco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Perdonadme padre- repitió la muchacha con habla tímida y tenue- os pido el permiso de retirarme en mis aposentos ya que me encuentro extremadamente cansada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Elegard dirigío una mirada distraída hacia el fruto de su semen y con la boca llena de carne de cerdo refunfuñó unas palabras incomprensibles que la doncella descifró como un consentimiento a su petición. Tras inclinarse ante su padre y soberano sonrió tímidamente a Protarco y se alejó de la sala.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Qué muchacha tan bella y encantadora!- pensó el general mientras la veía retirarse-¡Ojalá ese joven rebelde poseyera por lo menos una mínima parte del respeto que ella le tiene a su padre!.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Formular estos pensamientos y mirar hacia el rincón donde estaba el sombrío Keraos fueron dos acciones casi simultáneas pero lo único que el estratega vio fue un lugar vacío cerca del fuego crepitante contemplado hacia poco por el joven que, por lo visto, ya no se encontraba en esa sala. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8891293885312798490-2927361403433794993?l=www.sagasdedrimeia.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://www.sagasdedrimeia.com/feeds/2927361403433794993/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.sagasdedrimeia.com/2009/04/en-los-reinos-del-hielo-capitulo-2.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8891293885312798490/posts/default/2927361403433794993'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8891293885312798490/posts/default/2927361403433794993'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.sagasdedrimeia.com/2009/04/en-los-reinos-del-hielo-capitulo-2.html' title='En los Reinos del Hielo (Capítulo 2)'/><author><name>Maximiliano Basilio Cladakis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/11689897027038262016</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SexnRdGgwfI/AAAAAAAAADw/UpCfrlf9UA8/s72-c/delightd.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8891293885312798490.post-6788552576335847144</id><published>2009-04-14T18:18:00.004-03:00</published><updated>2009-05-15T19:44:57.689-03:00</updated><title type='text'>En los Reinos del Hielo (Capítulo 1)</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/Senq_tDsq5I/AAAAAAAAADo/S9c4-19mgos/s1600-h/desierto+de+nieve.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5326046414490086290" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: pointer; HEIGHT: 266px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/Senq_tDsq5I/AAAAAAAAADo/S9c4-19mgos/s400/desierto+de+nieve.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Para él todo había concluido. Los hombres con los que se había criado, a los que respetaba y admiraba, yacían muertos a su alrededor. Sin embargo, parecía indiferente a ello. Sostenía la cabeza de su padre entre las piernas mientras con sus débiles y pequeñas manos acariciaba monótonamente los cabellos cubiertos de sangre. Sus ojos azules se hallaban fijos en aquel rostro que hubo de admirar durante diez años, un rostro lastimado, un rostro en el cual la llama de la vida ya no brillaba. La herida que se abría sobre el musculoso pecho hacía minutos había cesado de  sangrar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un hombre se acercó lentamente a él. Era gigantesco; tenía algunas heridas menores en los brazos; la espada que portaba su diestra estaba teñida en rojo. El guerrero miró al niño de cabellos dorados y sus facciones se contorsionaron en un gesto que unía el odio y la burla. Sonriendo levantó el arma. El pequeño seguía contemplando el rostro de su padre, como si ya nada le importara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Vamos, mátalo, Gannar! ¡Es un enemigo digno de ti! ¡Luego busquemos a su hermana o a su madre y desafiémoslas a un duelo!- dijo una voz a espaldas del gigante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este se dio la vuelta de inmediato. Frente a él se encontraba un joven de veinte años cuyos cabellos rubios caían por debajo del casco con cuernos. Sus ojos color cielo lo miraban de manera desafiante. El también llevaba la espada desenvainada y en alto, como si estuviera pronto a atacar. Si bien era casi dos cabezas más bajo que el colosal guerrero, daba la impresión de que no temía minimamente trabarse en una lucha con él. Incluso, parecía deseoso que esto ocurriera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Maldito muchacho! ¡Extranjero pordiosero! ¿Quién te crees que eres para hablarme de esa manera!-rugió Gannar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El gigante se encaminó hacia el muchacho; este sonrió como si el inminente enfrentamiento fuera algo que deseara desde hace mucho tiempo. Cuando estaban a unos pocos metros de distancia, un grupo de hombres corrió hasta ellos. Entre cuatro detuvieron a Gannar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Te aplastaré, cerdo inmundo! ¡Me tienes harto!- Vociferó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Estoy deseoso de que lo intentes, babosa- le respondió su adversario riendo- Creo que no eres más que un marica borracho que sólo golpea mujeres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Vamos, Keraos! Deja a Gannar en paz- Le dijo un muchacho pelirrojo mientras se ponía frente a él- Al menos guarda un poco de respeto; muchas veces el brazo de Gannar nos libró de enemigos que sin él nos hubieran hecho trizas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El semblante de Keraos adquirió una expresión de ira que por un momento espantó al otro joven. Era como si el azul de sus ojos se hubiera transformado en una negrura abismal, en algo que estaba más allá de la comprensión de los mortales. Por un segundo el joven de cabello rojo pensó que la espada que estaba frente a él se hundiría en su vientre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Keraos bajó la vista reprimiendo su odio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Jamás respetaré a un animal como ese; y los hombres que lo hagan no pueden sino darme asco- dijo y luego se dio la vuelta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Keraos avanzó sobre la nieve hasta una pequeña altura. Allí se encontraba el líder de la expedición. Se colocó a su lado y ambos observaron en silencio la requisa realizada por los vencedores a los cuerpos de los vencidos. Gigantes, de cabellos rubios algunos, rojos otros, cubiertos con pieles y rústicas armaduras de cuero y bronce, con cascos que se asemejan a cabezas de bestias, hurgaban entre las ropas de los cadáveres buscando algo de valor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hacía ya un tiempo que los Pueblos de las Islas habían comenzado a realizar algunas excursiones de pillaje en el Continente. Varios poblados habían sido devastados por los ataques “relámpago” llevados a cabo por aquellos temibles y bestiales hombres cuyos hogares se encontraban más allá del Mar de Hielo, al norte del mundo. Incluso algunos reinos medianamente poderosos habían sufrido sus embestidas. La sorpresa era su mejor arma; bajaban de sus veloces naves, atacaban sus objetivos sin dar tiempo a los invadidos de preparar defensa alguna. Tomaban lo que les servía, se tratase de bienes materiales, de mujeres o de niños,  prendían fuego a todo y luego desaparecían con la velocidad de un tornado. Siempre salían victoriosos; sin embargo, al toparse con los hellarios, su suerte cambio. Estos habían colocado puestos de vigías sobre las costas, se encontraban preparados para recibir el ataque. El resultado de la invasión, por tanto, no fue sino que los guerreros más notables de aquella horda de piratas, se convertirían, dentro de un rato, en el alimento de las fieras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No soporto más esto, los odio. No me importan sus guerras, no me importan sus vidas. Son bestias, no hombres, y yo me estoy convirtiendo en una de ellas- dijo el joven.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El general no respondió. Continuaba mirando el campo de batalla con su único ojo. Su rostro era inexpresivo, las arrugas ya empezaban a asomar en él, su cabello se tornaba por brechas gris, un gris que se entremezclaba con el negro que aclaraba día tras día. A pesar de sus cincuenta años, su porte era firme y musculoso. Sin embargo, donde más se denotaba el paso del tiempo era en su alma; un alma que se traslucía en gestos, en palabras, en silencios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Keraos volvió la mirada hacia su líder.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Hasta cuando nos quedaremos aquí? ¿Qué demonios estamos esperando?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Escucha, hijo- dijo el hombre sin dejar de contemplar el saqueo de los cadáveres- Debemos esperar a qué sea el momento preciso; la situación está complicada. Hace un mes tendría que haber recibido informaciones, pero nada de eso pasó. Por el momento debemos seguir aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Keraos sintió un nudo que se formaba en su estomago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Hace años que estoy esperando! ¡Maldita sea! –Gritó- No quiero…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Basta!-interrumpió el otro- Háblame con respeto, no olvides que aquí, además de ser tu padre, soy tu superior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Aquí, puede ser. Pero en verdad no eres ni mi padre ni mi superior-susurró Keraos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volvió entonces de nuevo la vista hacia el campo de batalla. El niño continuaba sosteniendo la cabeza de su padre. Uno de los soldados se acercó al cuerpo para revisar sus pertenencias. Apenas se agachó, el niño saco de entre su manto de piel de lobo una daga y se la clavó en el cuello. El guerrero gritó y la sangre manó de su herida con una fuerza indecible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gannar estaba a un par de metros, riendo con otros soldados. Al ver a su compañero agonizando de una manera tan terrible, desenvainó la espada y corrió hacía el niño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un segundo después el hijo yacía junto al padre con la cabeza partida al medio.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8891293885312798490-6788552576335847144?l=www.sagasdedrimeia.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://www.sagasdedrimeia.com/feeds/6788552576335847144/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.sagasdedrimeia.com/2009/04/primer-capitulo.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8891293885312798490/posts/default/6788552576335847144'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8891293885312798490/posts/default/6788552576335847144'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.sagasdedrimeia.com/2009/04/primer-capitulo.html' title='En los Reinos del Hielo (Capítulo 1)'/><author><name>Maximiliano Basilio Cladakis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/11689897027038262016</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/Senq_tDsq5I/AAAAAAAAADo/S9c4-19mgos/s72-c/desierto+de+nieve.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8891293885312798490.post-3700199461660317811</id><published>2009-04-14T17:48:00.002-03:00</published><updated>2009-04-15T12:34:35.051-03:00</updated><title type='text'>La Caída (Capítulo 5)</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SeX-gzwy6OI/AAAAAAAAADI/gMD-kWq3xGc/s1600-h/Ritontoro.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 299px; height: 400px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SeX-gzwy6OI/AAAAAAAAADI/gMD-kWq3xGc/s400/Ritontoro.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324941974039619810" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;La zona central de Drimeia daba un espectáculo de muerte y desolación sin precedentes. Escombros, fuego y cadáveres, se extendían por su superficie como un holocausto consagrado a la destrucción. Lo que no sucumbió ante el terremoto, cayó frente a las espadas y antorchas enemigas. El palacio real y el Agriopión eran claras muestras de ello. Centenares de cuerpos muertos cubrían sus entradas, salas y pasillos mientras el fuego devoraba lo que hubieron sido los estandartes de la gloria Drimeia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El temblor duró menos de veinte minutos. Así y todo, su brutalidad fue tal como para hacer añicos una parte importante de la ciudad. La tierra se abrió en varios puntos, una enorme cantidad de personas murio bajo los escombros, largos trechos de la muralla que protegía a Drimeia se vinieron abajo. A las dos horas de la catástrofe, aparecieron desde el bosque del sudeste gigantescas marejadas de bárbaros y hombres-bestias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como una jauría de lobos frente a una presa indefensa se abalanzaron sobre la ciudad. Lo hicieron con una velocidad inaudita. Los puestos de guardia fueron arrasados; penetraron las desmoronadas murallas con suma facilidad, algunos soldados dieron gritos de alarma pero estos se confundían con los gemidos de los moribundos y con los llantos de las miles de personas heridas y atrapadas entre las ruinas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los invasores no tuvieron piedad. Todo el que se cruzaba en su camino era masacrado; no importaba si se trataba de un hombre o de una mujer, de un anciano, de un joven o de un niño. Hachas, espadas, garrotes, lanzas, flechas cercenaban la vida de los drimeios con una furia inefable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La lucha se encendió en algunas partes, en pequeños focos dispersos donde los soldados pudieron reagruparse de manera precaria. Los defensores del reino hicieron gala tanto de un valor como de una fuerza sobrehumanos. En un día normal, hubieran vencido con facilidad, pero el caos del terremoto unido a la invasión fueron demasiado. Uno a uno fueron siendo vencidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El último grupo en caer fue el comandado por Aglaos. El rey junto a la guardia real, algunos ministros y sacerdotes, tomaron el lado este del Agriopión y resistieron durante horas. La reina y las mujeres de la corte se refugiaron en una torre del templo que aun se mantenía de pie, y desde el sexto piso contemplaban angustiadas la batalla. Perseia veía a su marido transformado en un dios de la guerra, peleando en primera fila, haciendo de su espada un torbellino de muerte y terror. Tenía los ojos inyectados en furia y valor; sus brazos, su torso, sus piernas y su rostro estaban totalmente cubiertos de sangre, en parte suya, en parte de los invasores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un momento, los guerreros del sudeste y los gemiros, comenzaron a retroceder. El rey y sus hombres arremetieron entonces con mayores bríos. Pero unos minutos después, los grupos que habían ya vencido a los otros puntos de resistencia se unieron a la batalla. De las columnas ubicadas en la retaguardia surgió un vendaval de flechas. Esto causó estragos entre los drimeios. Eudíos, el sumo sacerdote, fue una de las victimas de aquella lluvia mortal que caía desde el cielo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aglaos continuó dando mandobles y estocadas hasta que finalmente una lanza atravesó su pecho. El rey soltó su espada y dirigió una última mirada a su esposa. Vio los ojos de ella cubiertos de lágrimas y realizó un gesto como si le estuviera pidiendo disculpas; luego expiró. Tras su muerte, los demás guerreros fueron fácilmente vencidos. Lo hicieron heroicamente, ninguno de ellos pensó ni por un segundo en huir, murieron allí, junto al cadáver de su soberano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Arístides - susurró Perseia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La reina miró hacia el cielo aun azul y se arrojó por la ventana. Murió instantáneamente al chocar su cuerpo contra el suelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Derribada ya toda resistencia, los invasores se dieron al saqueo. Penetraron en los principales edificios, robaron sus riquezas y dieron fuego a cualquier cosa que representase a la religión de Drimeia. En esto último varios ciudadanos los siguieron, ciudadanos que ni ellos ni sus familias habían sido ni siquiera tocados. Eran en su mayoría de clases altas; sin embargo había también algunos pobres. Parecían profanar los templos con una violencia mayor que con la que lo hacían los extranjeros. En sus ojos se dibujaba una alegría mezclada con odio que los hacía más semejantes a demonios que a seres humanos. El resto de los habitantes del reino no podían creer que personas a las que creían conocer, vecinos algunos de todas sus vidas, hubieran estado de parte de los enemigos, que hubieran conspirado con ellos todo ese tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los invasores también se dedicaron a apropiarse de la dignidad las mujeres. Hombres-bestias y bárbaros nómades tomaron brutalmente tanto a jóvenes como a adultas en cualquier sitio, incluso en la misma calle, frente a la vista de todos. Los niños lloraban, los hombres caían de rodillas frente a la mirada burlona de los saqueadores, los ancianos pedían clemencia para ellos y sus familias. Los gritos de piedad se volvieron un bramido que envolvía a la totalidad de la ciudad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De a poco la sed de sangre de los invasores fue aplacándose hasta que finalmente se sació. Drimeia había sido destruida; aunque la mayor parte de su estructura siguiera de pie, su espíritu había sido derribado. Ya no quedaba nada de aquél orgulloso reino que durante quinientos años supo hacer frente a los mayores desafíos, ya no quedaba nada, absolutamente nada de él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando el sol se desvanecía frente al ocaso, comenzaron a sonar unos tambores. Por la entrada principal de la ciudad surgió una enorme multitud de personas. Iban vestidos con túnicas que los cubrían de pies a cabezas. Marchaban en largas filas mientras a sus lados guerreros de piel color bronce les hacían de escolta. Los colores de sus prendas variaban de tonalidades; primero iban los de azul, luego los de gris claro, tras estos los de gris oscuro, y, por último los de negro. Los gemiros, los bárbaros y los drimeios que traicionaron a su patria, contemplaban el desfile con gran respeto, en sus ojos se dibujaba también algo de temor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Coronando la procesión entró un gigantesco carro sobre el cual se erigía una cabeza de toro de cinco metros de alto. Los cuernos estaban hechos de marfil; el rostro de piedra negra tachonada con adornos de oro y plata. La mirada del animal poseía una profundidad tal que parecía estar vivo; enormes piedras preciosas hacían unos ojos abismales, aterradores, diabólicos. El carro era tirado por varios caballos y alrededor de él mujeres semidesnudas de piel oscura realizaban frenéticas danzas, como si se hallaran poseídas por algún demonio del éxtasis y la lujuria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La cabeza fue llevada hacia el centro de la plaza principal. Una vez allí, los monjes desarmaron filas conformando un círculo frente al ídolo. El resto de los invasores se unió a ellos mientras sólo un pequeño número de monjes de túnicas negras se quedó al lado de la escalofriante figura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De entre estos, uno se adelantó hacia la multitud. Se bajó la capucha dejando al descubierto un rostro lampiño y apergaminado y una cabeza absolutamente calva. Comenzó a hablar y su voz silenció todo sonido. Sus palabras tenían un tono solemne y triunfante que parecía conmover a todos sus oyentes, penetrar hasta sus fibras más íntimas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al concluir su discurso se volteó hacia la cabeza de toro y se arrodilló. Gemiros, soldados y drimeios hicieron lo mismo. Un extraño cántico envolvió entonces al reino que una vez hubo de haber sido Drimeia.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8891293885312798490-3700199461660317811?l=www.sagasdedrimeia.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://www.sagasdedrimeia.com/feeds/3700199461660317811/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.sagasdedrimeia.com/2009/04/la-caida-quinto-capitulo.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8891293885312798490/posts/default/3700199461660317811'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8891293885312798490/posts/default/3700199461660317811'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.sagasdedrimeia.com/2009/04/la-caida-quinto-capitulo.html' title='La Caída (Capítulo 5)'/><author><name>Maximiliano Basilio Cladakis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/11689897027038262016</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SeX-gzwy6OI/AAAAAAAAADI/gMD-kWq3xGc/s72-c/Ritontoro.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8891293885312798490.post-3574293760474448865</id><published>2009-04-14T17:47:00.002-03:00</published><updated>2009-04-15T12:23:39.609-03:00</updated><title type='text'>La Caída (Capítulo 4)</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SeX76_P-OEI/AAAAAAAAAC4/fzYppRpvlZ0/s1600-h/caida42.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 400px; height: 298px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SeX76_P-OEI/AAAAAAAAAC4/fzYppRpvlZ0/s400/caida42.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324939125264889922" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;El Agriopión era el templo central de Drimeia. Construido fundamentalmente en mármol, su altura sobrepasaba los treinta metros. Redondeadas y gigantescas columnas custodiaban su entrada principal, la cual se hallaba a más de cinco metros del nivel de la calle. Sobre el frente del techo se encontraban esculpidas escenas que recreaban la historia del reino. Podían verse a Panguénetor en la batalla final contra los Chtonios, a los Dioses dando su bendición a Selásforos por establecer leyes sabias, al pueblo llorando al ver pasar el cadáver de Squírtetes, a la Alianza marchar a la guerra contra el antiguo imperio del este. En todos estos relieves, mortales e inmortales se entremezclaban como si formaran parte de una misma raza. Incluso, en uno de ellos, aparecía Ipsímelathros, el Dios de la Guerra Justa, arrojando a Estrames, la deidad con forma de gusano, a los Abismos del Olvido. Este hecho era considerado parte de la historia del reino de la misma forma que cualquier otra hazaña o acontecimiento de índole humana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La forma del templo era pentagonal, habiendo varías entradas en sus caras laterales. Cada una de ellas, si bien contaba con una guardia permanente, era accesible a los ciudadanos en cualquier momento del día. Cuando Arréktos mandó a construirlo, lo hizo con la intención que todo drimeio tenga la posibilidad de adorar y suplicar a los Bienaventurados cuando le sea necesario. En las distintas salas había incontables esculturas de los Dioses ante las que sacerdotes y fieles elevaban sus rezos. La más impresionante de las figuras era la de Pandámator sosteniendo con la diestra su espada en alto y con la izquierda la cabeza del toro que acababa de decapitar. Se encontraba en el centro del Agriopión, en un patio descubierto. Estaba hecha de mármol, marfil y oro y medía algo más de dieciséis metros de alto. Eran cuantiosas las ofrendas que día tras día recibía aquella representación. Sin embargo, no todas las habitaciones del templo podían ser transitadas libremente. En varios lugares sólo podían entrar los sacerdotes; en otros únicamente las sacerdotisas. Había incluso una, la Sala del Holocausto Eterno, a la que nadie, salvo el sumo sacerdote, podía penetrar a ofrecer libaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa mañana era la única en que el edificio se mantenía cerrado. Al igual que todos los años en aquella fecha, una inmensa multitud se congregaba frente a ella mientras la guardia real formaba filas al pie de las escalinatas que conducían a la entrada. Dicha plaza era el centro geográfico de la capital, todas las avenidas importantes convergían en ella. Con sus más de dos estadios de superficie, agrupaba en torno de sí los edificios principales del reino. El Agriopión se alzaba sobre su lado norte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La población se encontraba aguardando ansiosa el inicio del acto. Habían acudido tanto los habitantes de la ciudad como de los campos linderos. El clima se mostraba perfecto; la primavera llegaba con sus fuerzas al máximo. Las flores y los árboles se abrían a los rayos del sol como si celebraran el inicio de un nuevo ciclo vital. Sin embargo se veía algo de nerviosismo en los rostros de los presentes. La desaparición de las trece adolescentes había sido algo que golpeó muy fuerte en los corazones drimeios. Igualmente, todos conocían bien el carácter de Aglaos, por lo cual sabían que ese acto no quedaría impune.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras unos largos minutos de espera, un grupo de fanfarrias comenzó a sonar. Las puertas del templo entonces se abrieron. Salieron de allí Aglaos junto a su mujer e hijo; a su lado Eudíos, Hipsífanes, Aigómeles, acompañados por un grupo de sacerdotes, oficiales del ejército y algunos ministros, hacían el cortejo a la familia real. Al verlos el pueblo aplaudió y lanzó loas. A muchos les llamó la atención la forma en que se hallaba vestido el rey. No llevaba la tradicional ropa de festejo, sino que vestía a modo de partir a la guerra. Una pechera de bronce y cuero con figuras de plata adornándolas cubría su torso; grebas también de bronce tachonadas en oro protegían sus musculosas piernas; sobre su brazo izquierdo sostenía el escudo que más de una vez hubo de salvarle la vida a su padre; de su cintura, sobre el muslo izquierdo, colgaba una espada de mango de madera en cuya punta se encontraba tallada en marfil la cabeza de un águila.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El rey avanzó unos pasos en dirección a su pueblo. Miró al cielo y luego suspiró.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Compatriotas, hijos de Drimeia, hermanos míos-dijo- Nos hemos reunidos aquí para celebrar, para conmemorar el nacimiento de nuestra patria. Hace exactamente quinientos años Drimeia se elevó por sobre las ruinas de un mundo oscuro, perverso, irguiéndose como un haz de luz en una noche de tinieblas. Guiado por Panguénetor, héroe del que me enorgullezco tener por antepasado, nuestro pueblo levantó con sus propias manos un reino de justicia, de libertad, de belleza y de verdad. Fue grande la gesta y costó miles de vida, ríos infinitos de sangre corrieron por esta tierra, pero finalmente la luz logró vencer desterrando por siempre el imperio de las sombras. Los dioses estuvieron de nuestro lado en ese entonces de la misma forma en que lo estuvieron siempre a lo largo de nuestra historia; nuestra guerra es la de ellos y su guerra es la nuestra. Entre Drimeia y los Dioses no hay diferencia; como tampoco la había entre Cthonia y las aberraciones infernales a las que ella levantaba culto.&lt;br /&gt;-&lt;br /&gt;Aglaos hizo una pausa y entrecerró los ojos. El pueblo lo miró expectante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Muchos de ustedes se preguntarán porqué no llevó las tradicionales ropas de festejo, sino el atuendo de guerra. Pues bien, la respuesta a ello es sencilla: estamos en guerra. La desaparición de las trece jóvenes es, para el reino todo, un llamado a la guerra. Nunca he mentido a mi pueblo y no será esta la primera vez que lo haga. No sabemos quien es el enemigo, quién es el responsable de una acto tan bárbaro, perverso, ruín. Sin embargo, yo, como su rey, no descansaré hasta que esto se encuentre aclarado, no me quitaré mi armadura hasta que todo…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una extraña vibración envolvió entonces el aire. Se trataba de una especie de rugido sordo que parecía provenir de todas partes a la vez que de ninguna. Tanto el pueblo como el soberano se percataron de eso. De repente, además, parecía que había aumentado mucho la temperatura. Aglaos se volvió hacia Eudíos; sin embargo este le hizo un gesto que daba a entender que no sabía de qué se trataba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aglaos continuó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Pueblo mío, como les decía…No me quitaré esta armadura hasta que todo sea resuelto. Cuando la corona de mi padre se depositó sobre mis sienes, adquirí el compromiso de velar por el bienestar de todo drimeio, desde el más joven al más anciano, desde el más rico al más pobre. Creanme que si debo de dar mi vida con este fin, como juré hacerlo años atrás, lo haré y no habrá…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El rugido se volvió una especie de alarido ensordecedor y la temperatura se torno sofocante. Al cabo de unos segundos la tierra comenzó a temblar El rey perdió la estabilidad y de no haber sido por Hipsífanes hubiera caído por las escalinatas. Varias personas del público también lo hicieron. Filas enteras caían al suelo al sentir que el mundo había entrado en colapso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Pero… ¡¿Qué está pasando?!-gritó Aglaos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese instante una grieta se gigantesca se abría entre el templo y la plaza mientras varios edificios se venían abajo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8891293885312798490-3574293760474448865?l=www.sagasdedrimeia.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://www.sagasdedrimeia.com/feeds/3574293760474448865/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.sagasdedrimeia.com/2009/04/la-caida-cuarto-capitulo.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8891293885312798490/posts/default/3574293760474448865'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8891293885312798490/posts/default/3574293760474448865'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.sagasdedrimeia.com/2009/04/la-caida-cuarto-capitulo.html' title='La Caída (Capítulo 4)'/><author><name>Maximiliano Basilio Cladakis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/11689897027038262016</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SeX76_P-OEI/AAAAAAAAAC4/fzYppRpvlZ0/s72-c/caida42.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8891293885312798490.post-6334316694910095339</id><published>2009-04-14T17:44:00.004-03:00</published><updated>2009-04-15T12:05:15.589-03:00</updated><title type='text'>La Caída (Capítulo 3)</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SeX3mx7AHsI/AAAAAAAAACw/2ACi5xfI0gI/s1600-h/caida3.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 249px; height: 241px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SeX3mx7AHsI/AAAAAAAAACw/2ACi5xfI0gI/s400/caida3.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324934380043378370" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Arístides subió al último piso de la torre sur del palacio. Con paso trémulo, el niño se dirigió hacia el gran ventanal. En sus ojos color cielo se notaba que había estado llorando y que en su corazón habitaba el temor. El sol salía desde el este. Era una típica mañana de fines de otoñó; el aire mismo evidenciaba la inminente llegada de la primavera. Abajo, también hacia el este, se abría el Bosque de las Sombras. Arístides se esforzaba por no mirarlo pero un impulso que era más fuerte que él lo obligaba a hacerlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pinos y abedules crecían casi pegados unos junto a otros; sus copas conformaban en algunas partes una bóveda que no dejaba pasar ni el más tenue rayo de sol. Su territorio ocupaba cientos de hectáreas y la mayoría de ellas eran desconocidas para los drimeios. Era el más grande proveedor de madera y los drimeios hacían uso de él pero el lado este, más allá del arroyo que lo cruzaba desde las montañas, era prácticamente inexplorado. Había algún que otro puesto de guardia; se habían realizado unas pocas misiones de reconocimiento; y era casi una constante que siempre ocurriera una desgracia en ellas; o desaparecía un explorador, o se encontraba el cadáver de alguien desaparecido años atrás, o los que entraban en él al cabo de unos días enfermaban de fiebre y morían. Si bien este pueblo no era para nada supersticioso, la cantidad de historias que se contaban en torno al bosque hacían que a muchos se les hiele la sangre. Dichas historias hundían su origen en lo más arcano de la historia, se remontaban a los Tiempos Oscuros y la creencia que allí había algo malvado y sumamente peligroso era una marca en el alma de los drimeios, una marca que ni cinco siglos de civilización habían podido borrar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre el este del bosque desde el ventanal podía verse el comienzo de una cadena de montañas conocidas como las Tibris. Se trataba de un gigantesco conjunto de rocas cuyas cimas más elevadas se perdían entre las nubes y que inspiraba el mismo temor que el inmenso conjunto de árboles. Su extensión era de cientos de kilómetros. Su límite meridional era el Mar del Sur, donde formaban un cinturón de acantilados que podía verse desde la costa norte del Primer Continente, mientras que por el este iban declinando hasta transformarse una amplia llanura, a partir de la cual comenzaban los reinos bárbaros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En estas montañas habitaban los gemiros u hombres-bestias; quienes alguna vez fueron la casta policial de los antiguos gobernantes de aquel reino que luego recibió el nombre de Drimeia. De tanto en tanto realizaban alguna incursión de vandalismo en los poblados pertenecientes al reino; sin embargo en las últimas décadas el ejercito drimeio realizó estragos entre ellos, por lo que quedaron limitados a hacer sus esporádicos saqueos entre los bárbaros. Esos seres abominables fueron desde siempre un escalafón más primitivo que el hombre pero después de la Ascensión iniciaron un proceso de bestialización que los llevo a ser poco más que animales. Se agrupaban en clanes organizados de manera muy arcaica e, incluso, se decía que ya habían perdido la capacidad para producir sus propias herramientas, que tanto las armas como los utensilios de los que disponían eran productos del pillaje y no de su misma mano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Qué pasa, hijo mío? ¿Otra vez las pesadillas?- dijo Perseia entrando a la habitación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Arístides se volvió hacia su madre. La reina recién se levantaba. Sus largos cabellos rubios todavía no habían sido peinados. Recogidos por debajo de la nuca formaban una larga coleta que llegaba hasta su cintura. Sus azules ojos se entornaron al chocar contra la luz que entraba desde el ventanal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Si, volví a tenerlas y fueron horribles- respondió el príncipe comenzando a sollozar.&lt;br /&gt;Perseia se acercó hacia él y se agachó para abrazarlo. Mientras acariciaba la rubia cabellera que su hijo había heredado de ella le dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Arístides, tienes que calmarte. Mamá ya esta contigo. Cuéntame ¿Qué soñaste esta vez?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Arístides se separó un poco de su madre y se enjugó las lágrimas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Soñé con lo mismo que vengo soñando desde hace más de una semana. Fuego y destrucción por todas partes, trompetas de guerra, gemidos y llantos de hombres muriendo, sangre corriendo a raudales. Y como siempre también…con ese monstruoso toro negro riendo, llevándose él mismo la corona de mi padre a la cabeza- al mencionar esto último se echo a llorar de manera desesperada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Perseia se sintió conmovida al ver al pequeño en tal estado. Sus ojos se cubrieron entonces de un húmedo velo color rojo. Tomó con ternura entre sus manos el pequeño rostro. Arístides quería bajar la mirada, como avergonzado de su llanto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Mírame, son sólo sueños. No hay sangre, ni muertos, ni mucho menos monstruos con forma de toros. Te lo aseguro. Tienes que creerme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El niño miró a la madre a los ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Soñé también…que tú y papá morían, que yo los veía morir, que me quedaba completamente solo en un mundo diabólico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Perseia quedó unos segundos en silencio como si aquellas palabras hubieran despertado en su alma alguna especie de temor oculto. Luego se tranquilizó y dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Amor, luz de mi vida, tu padre y yo estaremos a tu lado por mucho tiempo. Nada malo va a ocurrirnos. Partiremos recién cuando seas un hombre fuerte, cuando ya tengas una mujer que vele por ti en las noches, cuando estés listo para ser el sucesor de tu padre en el trono de Drimeia. Pero tampoco entonces dejaremos de estar contigo; cuando ello ocurra cuidaremos de ti desde los montes Ikarión que es donde hoy se hallan todos tus ancestros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al oír las palabras de su madre el príncipe se fue calmando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Debes pensar que soy un cobarde-dijo sonrojado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La reina sonrío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No seas tonto. Este tipo de cosas es normal en los niños. Tanto tu padre como yo estamos sumamente orgullosos de ti. Además, la fecha en que naciste revela que tu destino es grandioso; no el de un cobarde. Mañana cumplirás diez años, justo en el mismo día en que nuestra patria cumple los cinco siglos. Tu nacimiento coincide con el de Drimeia. Eudíos siempre dijo que eso no era fruto del azar; sino una señal de los dioses.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Perseia se paró y tomó la mano de su hijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Vamos! Aún es temprano, durmamos un rato más. Y la próxima vez que tengas una pesadilla no vengas aquí; ven a mi habitación así te vuelves a dormir abrazado a mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Arístides hizo caso a su madre y comenzó a marchar a su lado. Sin embargo antes de salir de la habitación no puedo evitar volver la vista al ventanal para ver desde allí una vez más el bosque y las montañas que le causaban al mismo tiempo horror y atracción.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8891293885312798490-6334316694910095339?l=www.sagasdedrimeia.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://www.sagasdedrimeia.com/feeds/6334316694910095339/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.sagasdedrimeia.com/2009/04/la-caida-tercer-capitulo.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8891293885312798490/posts/default/6334316694910095339'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8891293885312798490/posts/default/6334316694910095339'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.sagasdedrimeia.com/2009/04/la-caida-tercer-capitulo.html' title='La Caída (Capítulo 3)'/><author><name>Maximiliano Basilio Cladakis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/11689897027038262016</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SeX3mx7AHsI/AAAAAAAAACw/2ACi5xfI0gI/s72-c/caida3.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8891293885312798490.post-30346314979953555</id><published>2009-04-14T17:43:00.005-03:00</published><updated>2009-04-15T12:36:43.292-03:00</updated><title type='text'>La Caída (Capítulo 2)</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SeX_BKD3WiI/AAAAAAAAADY/G4CqfgWCN2g/s1600-h/caida2.gif"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 180px; height: 242px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SeX_BKD3WiI/AAAAAAAAADY/G4CqfgWCN2g/s400/caida2.gif" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324942529780996642" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡¿Eres idiota o qué, Aigómeles?!- gritó Aglaos a la vez que golpeó, lleno de ira, la mesa de ébano- ¡Trece niñas de trece años desaparecidas en dos semanas!... ¡¿y me dices que no me preocupe?!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Majestad…- respondió el primer consejero secándose con la diestra el sudor que cubría su frente- No me malinterprete; comprendo la gravedad del asunto. Sin embargo, debe de tener en cuenta que hay que cuidar las apariencias. Dentro de dos días se celebran los quinientos años de la Ascensión y usted como descendiente directo de…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡No me hables de la Ascensión!- interrumpió el rey- Sé muy bien lo que representa esa fecha, como así también quien soy y quienes fueron mis antepasados. Al igual que para ellos, mi primer deber es proteger a mi gente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Si, pero…- pronunció en voz baja Aigómeles, sin embargo una mano apretó por detrás su hombro como ordenándole que se calle y dejó de hablar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hipsifanes se adelantó, quedando de espaldas al rostro del consejero. Este bajó la vista y guardó silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Majestad, usted tiene absoluta razón para encontrarse tan preocupado; sin embargo en un punto Aigómeles también la tiene. Debemos de tranquilizarnos ya que sólo manteniéndonos fríos podremos ocuparnos de este asunto. Así como vuestros gloriosos antepasados supieron mantener la calma cuando se enfrentaron a enemigos mil veces superiores; así también nosotros debemos de tranquilizar nuestros espíritus para pensar con mayor claridad y averiguar qué es lo que está ocurriendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aglaos miró al jefe mayor del ejército. Por un segundo una llama de furia brilló en los ojos reales pero rápidamente se extinguió. Sabía que, como siempre, Hipsífanes estaba en lo correcto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El rey se volteó y se dirigió hacia la escultura tamaño natural que adornaba el ala izquierda de la sala de reunión. Ella representaba a Panguénetor en el día de la Ascensión. El mármol estaba tan finamente tallado, con tantos detalles, que si no fuera por el blanco resplandeciente se confundiría con un hombre real. Los pliegues de la túnica, los ensortijados cabellos cayendo libremente sobre los anchos hombros, la expresión de triunfo brillando en los ojos y en la boca, evidenciaban un realismo como sólo en muy pocas obras podría verse. El señor de Drimeia dirigió la vista hacia el rostro de la estatua como si deseara que esta le ayudase a tomar una decisión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El silencio envolvía la habitación. Era la primera vez en toda la noche que ocurría esto. Llevaban ya más de cinco horas discutiendo acerca de la desaparición de las trece jóvenes. Seis de ellas eran de la ciudad mientras las siete restantes eran de los campos del reino. Todas desaparecieron en mitad de la noche, sin dejar rastro alguno. Este tipo de situaciones, habituales en tierras bárbaras, en Drimeia eran realmente extraordinarias. De por sí, el delito no era cosa común, no llegando a cometerse más que algunos robos de tanto en tanto; incluso el asesinato en los últimos cincuenta años se había vuelto casi una extrañeza. Por esto mismo, el rey se había reunido con su estado mayor para intentar encontrar una solución.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dicho estado mayor estaba conformado por tres hombres, además del rey. Aigómeles, el primer consejero, era el que manejaba los asuntos políticos, el que lidiaba con los ministros. Ese hombre lampiño y obeso, de voz aflautada, era el polo opuesto de Aglaos tanto en lo físico como en sus formas de actuar. El Señor de Drimeia poseía una complexión en extremo atlética que hacía que contando con treinta y cinco años no tuviera nada que envidiarle a un joven de veinte; llevaba una larga melena castaña y una barba abundante que realzaba su realeza, su voz era grave y potente, semejante a un trueno. Teniendo un poder absoluto sobre sus tierras no le gustaba demostrarlo y tenía la idea de que tal poder era antes que nada un deber hacia su pueblo, a diferencia de Aigómeles que le fascinaba hacer gala del poder que el rey le había entregado y que gustaba de hacer sentir inferiores a los demás. Muchos se preguntaban en el reino como Aglaos pudo haber elegido para un cargo tan importante a un hombre tan distinto a él; sin embargo, el consejero era una persona leal y la astucia con que entendía los detalles de la política servían de contrapeso al idealismo demasiado apasionado del que a veces el rey era victima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hipsífanes era el jefe supremo del ejército. Ese hombre de cuarenta años, de cabello oscuro y cuerpo cubierto de cicatrices, había llegado a tal rango debido a sus meritos en el campo de batalla. A los quince años ya combatía en los puestos de avanzada contra las tribus bárbaras, descollando en la lucha por su valor y fortaleza. Una vez le había salvado la vida a Ateires, el padre de Aglaos, perdiendo su ojo izquierdo en ello. Tal actuación le valió pasar de soldado a oficial. A través de los años se convirtió en el hombre de mayor confianza del rey. Aglaos sabía que si bien se trataba de un hombre de pocas palabras, cada una de ellas era siempre adecuada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eudíos, el sumo sacerdote del culto drimeio, tenía alrededor de sesenta años. Tanto su cuidada barba blanca como su melena del mismo color le daban un aire de solemnidad muy grande. Sin embargo, no por ello era un hombre carente de humor. Aglaos solía bromear diciendo que en el fondo de aquellos misteriosos ojos grises brillaba el alma de un pendenciero. Cuando el sacerdote lo oía no podía evitar echarse a reír a carcajadas. Era alguien de mucha fe, pero no alejado del mundo, sabía reconocer las intenciones de los hombres con apenas mirar sus gestos. Sus exposiciones acerca de diversas situaciones eran tenidas muy en cuenta por el rey.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Bueno...-dijo el rey volviendo la vista hacia sus hombres- Ya es muy tarde. Resumamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya no se veía furia en su rostro sino cansancio. Los nervios y las preocupaciones de las últimas horas se denotaban en su expresión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Eudíos, a ti no te quedan dudas que forma parte de algún ritual de esos malditos Desterrados ¿no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No, majestad. Trece jóvenes de trece años…tan cerca de nuestra más grande celebración- respondió el sacerdote- Además, hay que tener en cuenta que las profecías de esos perros hablan de que luego de los cinco siglos de Destierro volverán a imperar sobre el mundo como en los Tiempos Oscuros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- O sea que lo más probable es que las jóvenes estén…- Aglaos hizo una pausa como si le horrorizara lo que estaba diciendo-…muertas…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Lamentablemente, es lo más probable- dijo Eudíos bajando la vista&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El rey suspiró.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Tú, Hipsífanes, ¿dices que no hubo nada extraño en los últimas semanas? ¿Ningún movimiento de los bárbaros?¿Ningún avance de los salvajes de las montañas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No, señor- respondió el guerrero- nada de nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Aigómeles, ¿no existen posibilidades de que Dulis o Tissos, estén implicadas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Señor, usted bien sabe que pensar mal de los demás reinos es una cualidad esencial en mí- dijo el obeso consejero- Así y todo, es prácticamente imposible. Los problemas por las minas de bronce que tuvimos con Dulis están prácticamente solucionados; y con respecto a Tissos, desde el conflicto territorial de hace dos años no tuvimos ningún otro inconveniente. Además tanto la una como la otra comparten nuestros principios. Aunque rivalicemos a veces con ellas por alguna contingencia; ambos son pueblos civilizados como Drimeia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El rey se quedó meditabundo unos momentos. Luego dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Todo esto implicó un trabajo dentro de nuestro territorio, hay espías. Eligieron a las víctimas a la perfección, sabían sus edades y el momento en que apresarlas cuando nadie se diera cuenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Incluso, es muy posible que supieran que se trataba de muchachas vírgenes- agregó el sacerdote- Este tipo de rituales bárbaros la mayoría de las veces exige la virginidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Lo suponía, pero no quería decirlo- dijo Aglaos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volvió a hacer una pausa y miró nuevamente la estatua de su antepasado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Están dentro de nosotros y no tenemos la menor pista acerca de cómo encontrarlos, ni de cómo evitar que esto vuelva a repetirse- susurró. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8891293885312798490-30346314979953555?l=www.sagasdedrimeia.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://www.sagasdedrimeia.com/feeds/30346314979953555/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.sagasdedrimeia.com/2009/04/la-caida-segundo-capitulo.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8891293885312798490/posts/default/30346314979953555'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8891293885312798490/posts/default/30346314979953555'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.sagasdedrimeia.com/2009/04/la-caida-segundo-capitulo.html' title='La Caída (Capítulo 2)'/><author><name>Maximiliano Basilio Cladakis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/11689897027038262016</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SeX_BKD3WiI/AAAAAAAAADY/G4CqfgWCN2g/s72-c/caida2.gif' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8891293885312798490.post-2938870132890267277</id><published>2009-04-14T17:39:00.004-03:00</published><updated>2009-04-15T11:44:24.076-03:00</updated><title type='text'>La Caída (Capítulo 1)</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SeXyub0PynI/AAAAAAAAACg/yJyoPWaUtE4/s1600-h/la+ca%C3%ADda+1.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 274px; height: 400px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SeXyub0PynI/AAAAAAAAACg/yJyoPWaUtE4/s400/la+ca%C3%ADda+1.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324929013990279794" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Anactoria abrió la puerta de madera cuidando de hacer el menor ruido posible. Si bien su padre tenía el sueño pesado, no así su hermano, quien solía despertarse ante cualquier leve murmullo. Ya fuera de la cabaña, la cerró suavemente. Aliviada, levantó la vista al cielo y se detuvo en la contemplación de la luna. Esta mostraba la totalidad de su faz, resplandeciendo con una espectral palidez que opacaba a los miles de astros que le hacían de séquito. Anactoria sonrió y se encaminó hacia el bosque que se hallaba a unos doscientos metros de su morada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras media hora de marcha por aquel cerrado conjunto de pinos y abedules la joven llegó a un pequeño claro. Al entrar en él se sentó junto al arroyo que corría desde las montañas del este. Sumergió los pies en sus aguas ya que la caminata la hizo acalorarse. Luego de que se hubo enfriado un poco, sacó los pies del arroyo e inclinó su torso sobre él. Vio su reflejo y se alegró de verse hermosa. El cabello castaño estaba perfectamente recogido en una coleta que nacía en la mitad trasera de su cabeza; sus labios tenían una tonalidad rojiza que hacía verla de manera sensual; la gargantilla de oro que había sido de su madre le quedaba como hecha a medida. Lo único que le desagradaba era la túnica color parda que vestía, pero no había encontrado a su disposición nada mejor. Por un momento, mientras contemplaba su propia imagen, se estremeció al pensar que la próxima vez que se viera ya no sería una niña, sino toda una mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Oyó unos pasos provenientes del lado norte del bosque y rápidamente se volteó hacia aquella dirección.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Astianos, mi amor- susurró emocionada, aunque también algo nerviosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se incorporó y arreglo la caída de la túnica. Llevó las manos a su cabellera para cerciorarse de que no se hubiese despeinado. Sentía que el corazón se le aceleraba, que un pequeño temblor se apoderaba de sus rodillas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los pasos se hicieron más próximos, entonces notó que no provenían de una única persona sino de un grupo. Una mueca de horror atravesó su rostro, el cual, de un instante a otro, se había vuelto blanco. Durante unos segundos quedó inmóvil mientras oía la manera en que aquellos desconocidos individuos se acercaban más y más. Finalmente reaccionó; giró hacia el sur y decidió echarse a correr.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se sumergió en el bosque, exigiendo sus piernas al máximo. En su carrera tropezó más de una vez con algunos troncos, lo que hizo que se lastimarán sus hombros y brazos. Detrás de ella se oía correr a varias personas. No cabían dudas que la estaban persiguiendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al cabo de unos minutos el sonido de los pasos se fue debilitando hasta desaparecer. Anactoria notó que había entrado a una zona del bosque menos cerrada. Aminoró la marcha y la carrera se transformó en caminata. Se encontraba empapada de sudor y apenas podía respirar, estaba demasiada agitada como para seguir. La joven tenía la seguridad de que había perdido a sus perseguidores, por lo que decidió sentarse contra un árbol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abrazó sus rodillas y miró a su alrededor. No conocía aquel lugar; nunca había estado allí. Si bien había logrado quitarse de encima a sus posibles atacantes, ella misma se había extraviado. Hundió la cabeza entre sus piernas y comenzó a llorar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces volvió a oír los pasos. Se incorporó de un salto. Con los ojos llenos de lágrimas, intento divisar algún movimiento entre los árboles. No vio a nadie pero el sonido se hacía a cada segundo más cercano. No provenían de un solo punto, sino de todos. Estaba rodeada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Qué es lo que quieren? ¡Por favor! ¿Qué quieren?- gritó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como respuesta, unas manos gigantescas surgieron desde detrás de ella y la tomaron del cuello. Anactoria quiso gritar pero las manos apretaron con tal fuerza que sólo puedo emitir un leve gemido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando abrió los ojos ya no se encontraba en el bosque. Las paredes y el suelo de roca sin trabajar la hicieron percatarse que se trataba de una caverna. El aire era pesado, apenas respirable, muy probablemente se encontrara a varios metros por debajo del nivel del mar. La bóveda de la cueva no podía verse ya que su altura era tal que se perdía entre las sombras. El lugar era gigantesco, sus límites se tornaban imprecisos a causa de la oscuridad. A lo lejos se oía el rugir de un río subterráneo. Si bien este era el único sonido, la caverna no estaba desierta. Por el contrario, había una gran multitud.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más de cincuenta hombres vestidos con túnicas negras que los cubrían de pies a cabeza permanecían inmóviles sobre el ala oeste del recinto. Mantenían las cabezas gachas y las manos unidas en actitud de oración. Había también alrededor de doscientos soldados, armados hasta lo dientes, ubicados en los distintos rincones de la cueva. Su musculatura fibrosa y su piel entre cobriza y amarillenta denotaban que pertenecían a alguna de las tribus nómadas del sureste. De cada cinco, uno llevaba una antorcha con las cuales iluminaban el sitio. A los costados de la pared sur, formaban filas unos doscientos “hombres-bestias”, gigantescos salvajes cuya altura, en varios casos, superaba los dos metros y medio de alto. Podría entendérselos como una mezcla diabólica de simios y hombres, mucho más fuertes que los últimos, apenas más inteligentes que los primeros. Sus pechos estaban protegidos por rústicas armaduras de cuero mientras sus manos sostenían enormes hachas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Anactoria intentó moverse. Se dio cuenta entonces que sus manos y pies estaban atados. Tampoco podía gritar ya que se encontraba amordazada. Oyó un gemido a su izquierda y giró la cabeza hacia aquella dirección. A unos metros, una joven en su misma situación lloraba mordiendo la tela que tapaba su boca. Estaba completamente desnuda, cosa que hizo que Anactoria se percatase de su propia desnudez. Sin embargo no se percato únicamente de esto sino también de que había más jóvenes desnudas y amarradas, detrás de cada una un guerrero de piel cobriza las vigilaba. Un total de trece muchachas conformaban un círculo en cuyo centro se elevaba un altar de oro y piedra negra cuya forma imitaba a la cabeza de un toro.&lt;br /&gt;Anactoria sacudió la cabeza deseosa de que todo eso no fuera sino una pesadilla. Uno de los integrantes del grupo de los de túnica negra avanzó entonces hacia el altar y comenzó a hablar. La muchacha lo miró esperando que dijera algo que le hiciese comprensible la situación. Sin embargo aquella voz grave pero a la vez suave, hablaba una lengua para ella desconocida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre volvió a guardar silencio. Se volteó hacia uno de los guerreros para darle una orden. Este asintió con la cabeza. De su cinturón colgaba una pequeña daga de acero. La extrajo con la diestra y tomando a la joven que tenía adelante pasó la hoja del arma por su garganta. La sangre cubrió su cuello, sus hombros, sus pechos. El soldado soltó el cuerpo y este cayó inerte al suelo. El hombre de su izquierda hizo lo mismo con otra muchacha; y luego el de la izquierda de este, como si se tratase de un círculo de horror y muerte que se cerraba rapidamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Anactoria sintió que el corazón le latía de manera desenfrenada mientras un ardiente calor rodeaba su cuello.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8891293885312798490-2938870132890267277?l=www.sagasdedrimeia.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://www.sagasdedrimeia.com/feeds/2938870132890267277/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.sagasdedrimeia.com/2009/04/la-caida-primer-capitulo.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8891293885312798490/posts/default/2938870132890267277'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8891293885312798490/posts/default/2938870132890267277'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.sagasdedrimeia.com/2009/04/la-caida-primer-capitulo.html' title='La Caída (Capítulo 1)'/><author><name>Maximiliano Basilio Cladakis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/11689897027038262016</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_6YG-bIlZdfA/SeXyub0PynI/AAAAAAAAACg/yJyoPWaUtE4/s72-c/la+ca%C3%ADda+1.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
