martes 14 de abril de 2009

En los Reinos del Hielo (Capítulo 1)



Para él todo había concluido. Los hombres con los que se había criado, a los que respetaba y admiraba, yacían muertos a su alrededor. Sin embargo, parecía indiferente a ello. Sostenía la cabeza de su padre entre las piernas mientras con sus débiles y pequeñas manos acariciaba monótonamente los cabellos cubiertos de sangre. Sus ojos azules se hallaban fijos en aquel rostro que hubo de admirar durante diez años, un rostro lastimado, un rostro en el cual la llama de la vida ya no brillaba. La herida que se abría sobre el musculoso pecho hacía minutos había cesado de sangrar.

Un hombre se acercó lentamente a él. Era gigantesco; tenía algunas heridas menores en los brazos; la espada que portaba su diestra estaba teñida en rojo. El guerrero miró al niño de cabellos dorados y sus facciones se contorsionaron en un gesto que unía el odio y la burla. Sonriendo levantó el arma. El pequeño seguía contemplando el rostro de su padre, como si ya nada le importara.

- ¡Vamos, mátalo, Gannar! ¡Es un enemigo digno de ti! ¡Luego busquemos a su hermana o a su madre y desafiémoslas a un duelo!- dijo una voz a espaldas del gigante.

Este se dio la vuelta de inmediato. Frente a él se encontraba un joven de veinte años cuyos cabellos rubios caían por debajo del casco con cuernos. Sus ojos color cielo lo miraban de manera desafiante. El también llevaba la espada desenvainada y en alto, como si estuviera pronto a atacar. Si bien era casi dos cabezas más bajo que el colosal guerrero, daba la impresión de que no temía minimamente trabarse en una lucha con él. Incluso, parecía deseoso que esto ocurriera.

- ¡Maldito muchacho! ¡Extranjero pordiosero! ¿Quién te crees que eres para hablarme de esa manera!-rugió Gannar.

El gigante se encaminó hacia el muchacho; este sonrió como si el inminente enfrentamiento fuera algo que deseara desde hace mucho tiempo. Cuando estaban a unos pocos metros de distancia, un grupo de hombres corrió hasta ellos. Entre cuatro detuvieron a Gannar.

- ¡Te aplastaré, cerdo inmundo! ¡Me tienes harto!- Vociferó.

- Estoy deseoso de que lo intentes, babosa- le respondió su adversario riendo- Creo que no eres más que un marica borracho que sólo golpea mujeres.

- ¡Vamos, Keraos! Deja a Gannar en paz- Le dijo un muchacho pelirrojo mientras se ponía frente a él- Al menos guarda un poco de respeto; muchas veces el brazo de Gannar nos libró de enemigos que sin él nos hubieran hecho trizas.

El semblante de Keraos adquirió una expresión de ira que por un momento espantó al otro joven. Era como si el azul de sus ojos se hubiera transformado en una negrura abismal, en algo que estaba más allá de la comprensión de los mortales. Por un segundo el joven de cabello rojo pensó que la espada que estaba frente a él se hundiría en su vientre.

Keraos bajó la vista reprimiendo su odio.

- Jamás respetaré a un animal como ese; y los hombres que lo hagan no pueden sino darme asco- dijo y luego se dio la vuelta.

Keraos avanzó sobre la nieve hasta una pequeña altura. Allí se encontraba el líder de la expedición. Se colocó a su lado y ambos observaron en silencio la requisa realizada por los vencedores a los cuerpos de los vencidos. Gigantes, de cabellos rubios algunos, rojos otros, cubiertos con pieles y rústicas armaduras de cuero y bronce, con cascos que se asemejan a cabezas de bestias, hurgaban entre las ropas de los cadáveres buscando algo de valor.

Hacía ya un tiempo que los Pueblos de las Islas habían comenzado a realizar algunas excursiones de pillaje en el Continente. Varios poblados habían sido devastados por los ataques “relámpago” llevados a cabo por aquellos temibles y bestiales hombres cuyos hogares se encontraban más allá del Mar de Hielo, al norte del mundo. Incluso algunos reinos medianamente poderosos habían sufrido sus embestidas. La sorpresa era su mejor arma; bajaban de sus veloces naves, atacaban sus objetivos sin dar tiempo a los invadidos de preparar defensa alguna. Tomaban lo que les servía, se tratase de bienes materiales, de mujeres o de niños, prendían fuego a todo y luego desaparecían con la velocidad de un tornado. Siempre salían victoriosos; sin embargo, al toparse con los hellarios, su suerte cambio. Estos habían colocado puestos de vigías sobre las costas, se encontraban preparados para recibir el ataque. El resultado de la invasión, por tanto, no fue sino que los guerreros más notables de aquella horda de piratas, se convertirían, dentro de un rato, en el alimento de las fieras.

- No soporto más esto, los odio. No me importan sus guerras, no me importan sus vidas. Son bestias, no hombres, y yo me estoy convirtiendo en una de ellas- dijo el joven.

El general no respondió. Continuaba mirando el campo de batalla con su único ojo. Su rostro era inexpresivo, las arrugas ya empezaban a asomar en él, su cabello se tornaba por brechas gris, un gris que se entremezclaba con el negro que aclaraba día tras día. A pesar de sus cincuenta años, su porte era firme y musculoso. Sin embargo, donde más se denotaba el paso del tiempo era en su alma; un alma que se traslucía en gestos, en palabras, en silencios.

Keraos volvió la mirada hacia su líder.

- ¿Hasta cuando nos quedaremos aquí? ¿Qué demonios estamos esperando?

- Escucha, hijo- dijo el hombre sin dejar de contemplar el saqueo de los cadáveres- Debemos esperar a qué sea el momento preciso; la situación está complicada. Hace un mes tendría que haber recibido informaciones, pero nada de eso pasó. Por el momento debemos seguir aquí.

Keraos sintió un nudo que se formaba en su estomago.

- ¡Hace años que estoy esperando! ¡Maldita sea! –Gritó- No quiero…

- ¡Basta!-interrumpió el otro- Háblame con respeto, no olvides que aquí, además de ser tu padre, soy tu superior.

- Aquí, puede ser. Pero en verdad no eres ni mi padre ni mi superior-susurró Keraos.

Volvió entonces de nuevo la vista hacia el campo de batalla. El niño continuaba sosteniendo la cabeza de su padre. Uno de los soldados se acercó al cuerpo para revisar sus pertenencias. Apenas se agachó, el niño saco de entre su manto de piel de lobo una daga y se la clavó en el cuello. El guerrero gritó y la sangre manó de su herida con una fuerza indecible.

Gannar estaba a un par de metros, riendo con otros soldados. Al ver a su compañero agonizando de una manera tan terrible, desenvainó la espada y corrió hacía el niño.

Un segundo después el hijo yacía junto al padre con la cabeza partida al medio.

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