
Arístides subió al último piso de la torre sur del palacio. Con paso trémulo, el niño se dirigió hacia el gran ventanal. En sus ojos color cielo se notaba que había estado llorando y que en su corazón habitaba el temor. El sol salía desde el este. Era una típica mañana de fines de otoñó; el aire mismo evidenciaba la inminente llegada de la primavera. Abajo, también hacia el este, se abría el Bosque de las Sombras. Arístides se esforzaba por no mirarlo pero un impulso que era más fuerte que él lo obligaba a hacerlo.
Pinos y abedules crecían casi pegados unos junto a otros; sus copas conformaban en algunas partes una bóveda que no dejaba pasar ni el más tenue rayo de sol. Su territorio ocupaba cientos de hectáreas y la mayoría de ellas eran desconocidas para los drimeios. Era el más grande proveedor de madera y los drimeios hacían uso de él pero el lado este, más allá del arroyo que lo cruzaba desde las montañas, era prácticamente inexplorado. Había algún que otro puesto de guardia; se habían realizado unas pocas misiones de reconocimiento; y era casi una constante que siempre ocurriera una desgracia en ellas; o desaparecía un explorador, o se encontraba el cadáver de alguien desaparecido años atrás, o los que entraban en él al cabo de unos días enfermaban de fiebre y morían. Si bien este pueblo no era para nada supersticioso, la cantidad de historias que se contaban en torno al bosque hacían que a muchos se les hiele la sangre. Dichas historias hundían su origen en lo más arcano de la historia, se remontaban a los Tiempos Oscuros y la creencia que allí había algo malvado y sumamente peligroso era una marca en el alma de los drimeios, una marca que ni cinco siglos de civilización habían podido borrar.
Sobre el este del bosque desde el ventanal podía verse el comienzo de una cadena de montañas conocidas como las Tibris. Se trataba de un gigantesco conjunto de rocas cuyas cimas más elevadas se perdían entre las nubes y que inspiraba el mismo temor que el inmenso conjunto de árboles. Su extensión era de cientos de kilómetros. Su límite meridional era el Mar del Sur, donde formaban un cinturón de acantilados que podía verse desde la costa norte del Primer Continente, mientras que por el este iban declinando hasta transformarse una amplia llanura, a partir de la cual comenzaban los reinos bárbaros.
En estas montañas habitaban los gemiros u hombres-bestias; quienes alguna vez fueron la casta policial de los antiguos gobernantes de aquel reino que luego recibió el nombre de Drimeia. De tanto en tanto realizaban alguna incursión de vandalismo en los poblados pertenecientes al reino; sin embargo en las últimas décadas el ejercito drimeio realizó estragos entre ellos, por lo que quedaron limitados a hacer sus esporádicos saqueos entre los bárbaros. Esos seres abominables fueron desde siempre un escalafón más primitivo que el hombre pero después de la Ascensión iniciaron un proceso de bestialización que los llevo a ser poco más que animales. Se agrupaban en clanes organizados de manera muy arcaica e, incluso, se decía que ya habían perdido la capacidad para producir sus propias herramientas, que tanto las armas como los utensilios de los que disponían eran productos del pillaje y no de su misma mano.
- ¿Qué pasa, hijo mío? ¿Otra vez las pesadillas?- dijo Perseia entrando a la habitación.
Arístides se volvió hacia su madre. La reina recién se levantaba. Sus largos cabellos rubios todavía no habían sido peinados. Recogidos por debajo de la nuca formaban una larga coleta que llegaba hasta su cintura. Sus azules ojos se entornaron al chocar contra la luz que entraba desde el ventanal.
- Si, volví a tenerlas y fueron horribles- respondió el príncipe comenzando a sollozar.
Perseia se acercó hacia él y se agachó para abrazarlo. Mientras acariciaba la rubia cabellera que su hijo había heredado de ella le dijo:
- Arístides, tienes que calmarte. Mamá ya esta contigo. Cuéntame ¿Qué soñaste esta vez?
Arístides se separó un poco de su madre y se enjugó las lágrimas.
- Soñé con lo mismo que vengo soñando desde hace más de una semana. Fuego y destrucción por todas partes, trompetas de guerra, gemidos y llantos de hombres muriendo, sangre corriendo a raudales. Y como siempre también…con ese monstruoso toro negro riendo, llevándose él mismo la corona de mi padre a la cabeza- al mencionar esto último se echo a llorar de manera desesperada.
Perseia se sintió conmovida al ver al pequeño en tal estado. Sus ojos se cubrieron entonces de un húmedo velo color rojo. Tomó con ternura entre sus manos el pequeño rostro. Arístides quería bajar la mirada, como avergonzado de su llanto.
- Mírame, son sólo sueños. No hay sangre, ni muertos, ni mucho menos monstruos con forma de toros. Te lo aseguro. Tienes que creerme.
El niño miró a la madre a los ojos.
- Soñé también…que tú y papá morían, que yo los veía morir, que me quedaba completamente solo en un mundo diabólico.
Perseia quedó unos segundos en silencio como si aquellas palabras hubieran despertado en su alma alguna especie de temor oculto. Luego se tranquilizó y dijo:
- Amor, luz de mi vida, tu padre y yo estaremos a tu lado por mucho tiempo. Nada malo va a ocurrirnos. Partiremos recién cuando seas un hombre fuerte, cuando ya tengas una mujer que vele por ti en las noches, cuando estés listo para ser el sucesor de tu padre en el trono de Drimeia. Pero tampoco entonces dejaremos de estar contigo; cuando ello ocurra cuidaremos de ti desde los montes Ikarión que es donde hoy se hallan todos tus ancestros.
Al oír las palabras de su madre el príncipe se fue calmando.
- Debes pensar que soy un cobarde-dijo sonrojado.
La reina sonrío.
- No seas tonto. Este tipo de cosas es normal en los niños. Tanto tu padre como yo estamos sumamente orgullosos de ti. Además, la fecha en que naciste revela que tu destino es grandioso; no el de un cobarde. Mañana cumplirás diez años, justo en el mismo día en que nuestra patria cumple los cinco siglos. Tu nacimiento coincide con el de Drimeia. Eudíos siempre dijo que eso no era fruto del azar; sino una señal de los dioses.
Perseia se paró y tomó la mano de su hijo.
- ¡Vamos! Aún es temprano, durmamos un rato más. Y la próxima vez que tengas una pesadilla no vengas aquí; ven a mi habitación así te vuelves a dormir abrazado a mí.
Arístides hizo caso a su madre y comenzó a marchar a su lado. Sin embargo antes de salir de la habitación no puedo evitar volver la vista al ventanal para ver desde allí una vez más el bosque y las montañas que le causaban al mismo tiempo horror y atracción.
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