
- ¡¿Eres idiota o qué, Aigómeles?!- gritó Aglaos a la vez que golpeó, lleno de ira, la mesa de ébano- ¡Trece niñas de trece años desaparecidas en dos semanas!... ¡¿y me dices que no me preocupe?!
- Majestad…- respondió el primer consejero secándose con la diestra el sudor que cubría su frente- No me malinterprete; comprendo la gravedad del asunto. Sin embargo, debe de tener en cuenta que hay que cuidar las apariencias. Dentro de dos días se celebran los quinientos años de la Ascensión y usted como descendiente directo de…
- ¡No me hables de la Ascensión!- interrumpió el rey- Sé muy bien lo que representa esa fecha, como así también quien soy y quienes fueron mis antepasados. Al igual que para ellos, mi primer deber es proteger a mi gente.
- Si, pero…- pronunció en voz baja Aigómeles, sin embargo una mano apretó por detrás su hombro como ordenándole que se calle y dejó de hablar.
Hipsifanes se adelantó, quedando de espaldas al rostro del consejero. Este bajó la vista y guardó silencio.
- Majestad, usted tiene absoluta razón para encontrarse tan preocupado; sin embargo en un punto Aigómeles también la tiene. Debemos de tranquilizarnos ya que sólo manteniéndonos fríos podremos ocuparnos de este asunto. Así como vuestros gloriosos antepasados supieron mantener la calma cuando se enfrentaron a enemigos mil veces superiores; así también nosotros debemos de tranquilizar nuestros espíritus para pensar con mayor claridad y averiguar qué es lo que está ocurriendo.
Aglaos miró al jefe mayor del ejército. Por un segundo una llama de furia brilló en los ojos reales pero rápidamente se extinguió. Sabía que, como siempre, Hipsífanes estaba en lo correcto.
El rey se volteó y se dirigió hacia la escultura tamaño natural que adornaba el ala izquierda de la sala de reunión. Ella representaba a Panguénetor en el día de la Ascensión. El mármol estaba tan finamente tallado, con tantos detalles, que si no fuera por el blanco resplandeciente se confundiría con un hombre real. Los pliegues de la túnica, los ensortijados cabellos cayendo libremente sobre los anchos hombros, la expresión de triunfo brillando en los ojos y en la boca, evidenciaban un realismo como sólo en muy pocas obras podría verse. El señor de Drimeia dirigió la vista hacia el rostro de la estatua como si deseara que esta le ayudase a tomar una decisión.
El silencio envolvía la habitación. Era la primera vez en toda la noche que ocurría esto. Llevaban ya más de cinco horas discutiendo acerca de la desaparición de las trece jóvenes. Seis de ellas eran de la ciudad mientras las siete restantes eran de los campos del reino. Todas desaparecieron en mitad de la noche, sin dejar rastro alguno. Este tipo de situaciones, habituales en tierras bárbaras, en Drimeia eran realmente extraordinarias. De por sí, el delito no era cosa común, no llegando a cometerse más que algunos robos de tanto en tanto; incluso el asesinato en los últimos cincuenta años se había vuelto casi una extrañeza. Por esto mismo, el rey se había reunido con su estado mayor para intentar encontrar una solución.
Dicho estado mayor estaba conformado por tres hombres, además del rey. Aigómeles, el primer consejero, era el que manejaba los asuntos políticos, el que lidiaba con los ministros. Ese hombre lampiño y obeso, de voz aflautada, era el polo opuesto de Aglaos tanto en lo físico como en sus formas de actuar. El Señor de Drimeia poseía una complexión en extremo atlética que hacía que contando con treinta y cinco años no tuviera nada que envidiarle a un joven de veinte; llevaba una larga melena castaña y una barba abundante que realzaba su realeza, su voz era grave y potente, semejante a un trueno. Teniendo un poder absoluto sobre sus tierras no le gustaba demostrarlo y tenía la idea de que tal poder era antes que nada un deber hacia su pueblo, a diferencia de Aigómeles que le fascinaba hacer gala del poder que el rey le había entregado y que gustaba de hacer sentir inferiores a los demás. Muchos se preguntaban en el reino como Aglaos pudo haber elegido para un cargo tan importante a un hombre tan distinto a él; sin embargo, el consejero era una persona leal y la astucia con que entendía los detalles de la política servían de contrapeso al idealismo demasiado apasionado del que a veces el rey era victima.
Hipsífanes era el jefe supremo del ejército. Ese hombre de cuarenta años, de cabello oscuro y cuerpo cubierto de cicatrices, había llegado a tal rango debido a sus meritos en el campo de batalla. A los quince años ya combatía en los puestos de avanzada contra las tribus bárbaras, descollando en la lucha por su valor y fortaleza. Una vez le había salvado la vida a Ateires, el padre de Aglaos, perdiendo su ojo izquierdo en ello. Tal actuación le valió pasar de soldado a oficial. A través de los años se convirtió en el hombre de mayor confianza del rey. Aglaos sabía que si bien se trataba de un hombre de pocas palabras, cada una de ellas era siempre adecuada.
Eudíos, el sumo sacerdote del culto drimeio, tenía alrededor de sesenta años. Tanto su cuidada barba blanca como su melena del mismo color le daban un aire de solemnidad muy grande. Sin embargo, no por ello era un hombre carente de humor. Aglaos solía bromear diciendo que en el fondo de aquellos misteriosos ojos grises brillaba el alma de un pendenciero. Cuando el sacerdote lo oía no podía evitar echarse a reír a carcajadas. Era alguien de mucha fe, pero no alejado del mundo, sabía reconocer las intenciones de los hombres con apenas mirar sus gestos. Sus exposiciones acerca de diversas situaciones eran tenidas muy en cuenta por el rey.
- Bueno...-dijo el rey volviendo la vista hacia sus hombres- Ya es muy tarde. Resumamos.
Ya no se veía furia en su rostro sino cansancio. Los nervios y las preocupaciones de las últimas horas se denotaban en su expresión.
- Eudíos, a ti no te quedan dudas que forma parte de algún ritual de esos malditos Desterrados ¿no?
- No, majestad. Trece jóvenes de trece años…tan cerca de nuestra más grande celebración- respondió el sacerdote- Además, hay que tener en cuenta que las profecías de esos perros hablan de que luego de los cinco siglos de Destierro volverán a imperar sobre el mundo como en los Tiempos Oscuros.
- O sea que lo más probable es que las jóvenes estén…- Aglaos hizo una pausa como si le horrorizara lo que estaba diciendo-…muertas…
- Lamentablemente, es lo más probable- dijo Eudíos bajando la vista
El rey suspiró.
- Tú, Hipsífanes, ¿dices que no hubo nada extraño en los últimas semanas? ¿Ningún movimiento de los bárbaros?¿Ningún avance de los salvajes de las montañas?
- No, señor- respondió el guerrero- nada de nada.
- Aigómeles, ¿no existen posibilidades de que Dulis o Tissos, estén implicadas?
- Señor, usted bien sabe que pensar mal de los demás reinos es una cualidad esencial en mí- dijo el obeso consejero- Así y todo, es prácticamente imposible. Los problemas por las minas de bronce que tuvimos con Dulis están prácticamente solucionados; y con respecto a Tissos, desde el conflicto territorial de hace dos años no tuvimos ningún otro inconveniente. Además tanto la una como la otra comparten nuestros principios. Aunque rivalicemos a veces con ellas por alguna contingencia; ambos son pueblos civilizados como Drimeia.
El rey se quedó meditabundo unos momentos. Luego dijo:
- Todo esto implicó un trabajo dentro de nuestro territorio, hay espías. Eligieron a las víctimas a la perfección, sabían sus edades y el momento en que apresarlas cuando nadie se diera cuenta.
- Incluso, es muy posible que supieran que se trataba de muchachas vírgenes- agregó el sacerdote- Este tipo de rituales bárbaros la mayoría de las veces exige la virginidad.
- Lo suponía, pero no quería decirlo- dijo Aglaos.
Volvió a hacer una pausa y miró nuevamente la estatua de su antepasado.
- Están dentro de nosotros y no tenemos la menor pista acerca de cómo encontrarlos, ni de cómo evitar que esto vuelva a repetirse- susurró.
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