martes 14 de abril de 2009

La Caída (Capítulo 5)


La zona central de Drimeia daba un espectáculo de muerte y desolación sin precedentes. Escombros, fuego y cadáveres, se extendían por su superficie como un holocausto consagrado a la destrucción. Lo que no sucumbió ante el terremoto, cayó frente a las espadas y antorchas enemigas. El palacio real y el Agriopión eran claras muestras de ello. Centenares de cuerpos muertos cubrían sus entradas, salas y pasillos mientras el fuego devoraba lo que hubieron sido los estandartes de la gloria Drimeia.

El temblor duró menos de veinte minutos. Así y todo, su brutalidad fue tal como para hacer añicos una parte importante de la ciudad. La tierra se abrió en varios puntos, una enorme cantidad de personas murio bajo los escombros, largos trechos de la muralla que protegía a Drimeia se vinieron abajo. A las dos horas de la catástrofe, aparecieron desde el bosque del sudeste gigantescas marejadas de bárbaros y hombres-bestias.

Como una jauría de lobos frente a una presa indefensa se abalanzaron sobre la ciudad. Lo hicieron con una velocidad inaudita. Los puestos de guardia fueron arrasados; penetraron las desmoronadas murallas con suma facilidad, algunos soldados dieron gritos de alarma pero estos se confundían con los gemidos de los moribundos y con los llantos de las miles de personas heridas y atrapadas entre las ruinas.

Los invasores no tuvieron piedad. Todo el que se cruzaba en su camino era masacrado; no importaba si se trataba de un hombre o de una mujer, de un anciano, de un joven o de un niño. Hachas, espadas, garrotes, lanzas, flechas cercenaban la vida de los drimeios con una furia inefable.

La lucha se encendió en algunas partes, en pequeños focos dispersos donde los soldados pudieron reagruparse de manera precaria. Los defensores del reino hicieron gala tanto de un valor como de una fuerza sobrehumanos. En un día normal, hubieran vencido con facilidad, pero el caos del terremoto unido a la invasión fueron demasiado. Uno a uno fueron siendo vencidos.

El último grupo en caer fue el comandado por Aglaos. El rey junto a la guardia real, algunos ministros y sacerdotes, tomaron el lado este del Agriopión y resistieron durante horas. La reina y las mujeres de la corte se refugiaron en una torre del templo que aun se mantenía de pie, y desde el sexto piso contemplaban angustiadas la batalla. Perseia veía a su marido transformado en un dios de la guerra, peleando en primera fila, haciendo de su espada un torbellino de muerte y terror. Tenía los ojos inyectados en furia y valor; sus brazos, su torso, sus piernas y su rostro estaban totalmente cubiertos de sangre, en parte suya, en parte de los invasores.

En un momento, los guerreros del sudeste y los gemiros, comenzaron a retroceder. El rey y sus hombres arremetieron entonces con mayores bríos. Pero unos minutos después, los grupos que habían ya vencido a los otros puntos de resistencia se unieron a la batalla. De las columnas ubicadas en la retaguardia surgió un vendaval de flechas. Esto causó estragos entre los drimeios. Eudíos, el sumo sacerdote, fue una de las victimas de aquella lluvia mortal que caía desde el cielo.

Aglaos continuó dando mandobles y estocadas hasta que finalmente una lanza atravesó su pecho. El rey soltó su espada y dirigió una última mirada a su esposa. Vio los ojos de ella cubiertos de lágrimas y realizó un gesto como si le estuviera pidiendo disculpas; luego expiró. Tras su muerte, los demás guerreros fueron fácilmente vencidos. Lo hicieron heroicamente, ninguno de ellos pensó ni por un segundo en huir, murieron allí, junto al cadáver de su soberano.

- Arístides - susurró Perseia.

La reina miró hacia el cielo aun azul y se arrojó por la ventana. Murió instantáneamente al chocar su cuerpo contra el suelo.

Derribada ya toda resistencia, los invasores se dieron al saqueo. Penetraron en los principales edificios, robaron sus riquezas y dieron fuego a cualquier cosa que representase a la religión de Drimeia. En esto último varios ciudadanos los siguieron, ciudadanos que ni ellos ni sus familias habían sido ni siquiera tocados. Eran en su mayoría de clases altas; sin embargo había también algunos pobres. Parecían profanar los templos con una violencia mayor que con la que lo hacían los extranjeros. En sus ojos se dibujaba una alegría mezclada con odio que los hacía más semejantes a demonios que a seres humanos. El resto de los habitantes del reino no podían creer que personas a las que creían conocer, vecinos algunos de todas sus vidas, hubieran estado de parte de los enemigos, que hubieran conspirado con ellos todo ese tiempo.

Los invasores también se dedicaron a apropiarse de la dignidad las mujeres. Hombres-bestias y bárbaros nómades tomaron brutalmente tanto a jóvenes como a adultas en cualquier sitio, incluso en la misma calle, frente a la vista de todos. Los niños lloraban, los hombres caían de rodillas frente a la mirada burlona de los saqueadores, los ancianos pedían clemencia para ellos y sus familias. Los gritos de piedad se volvieron un bramido que envolvía a la totalidad de la ciudad.

De a poco la sed de sangre de los invasores fue aplacándose hasta que finalmente se sació. Drimeia había sido destruida; aunque la mayor parte de su estructura siguiera de pie, su espíritu había sido derribado. Ya no quedaba nada de aquél orgulloso reino que durante quinientos años supo hacer frente a los mayores desafíos, ya no quedaba nada, absolutamente nada de él.

Cuando el sol se desvanecía frente al ocaso, comenzaron a sonar unos tambores. Por la entrada principal de la ciudad surgió una enorme multitud de personas. Iban vestidos con túnicas que los cubrían de pies a cabezas. Marchaban en largas filas mientras a sus lados guerreros de piel color bronce les hacían de escolta. Los colores de sus prendas variaban de tonalidades; primero iban los de azul, luego los de gris claro, tras estos los de gris oscuro, y, por último los de negro. Los gemiros, los bárbaros y los drimeios que traicionaron a su patria, contemplaban el desfile con gran respeto, en sus ojos se dibujaba también algo de temor.

Coronando la procesión entró un gigantesco carro sobre el cual se erigía una cabeza de toro de cinco metros de alto. Los cuernos estaban hechos de marfil; el rostro de piedra negra tachonada con adornos de oro y plata. La mirada del animal poseía una profundidad tal que parecía estar vivo; enormes piedras preciosas hacían unos ojos abismales, aterradores, diabólicos. El carro era tirado por varios caballos y alrededor de él mujeres semidesnudas de piel oscura realizaban frenéticas danzas, como si se hallaran poseídas por algún demonio del éxtasis y la lujuria.

La cabeza fue llevada hacia el centro de la plaza principal. Una vez allí, los monjes desarmaron filas conformando un círculo frente al ídolo. El resto de los invasores se unió a ellos mientras sólo un pequeño número de monjes de túnicas negras se quedó al lado de la escalofriante figura.

De entre estos, uno se adelantó hacia la multitud. Se bajó la capucha dejando al descubierto un rostro lampiño y apergaminado y una cabeza absolutamente calva. Comenzó a hablar y su voz silenció todo sonido. Sus palabras tenían un tono solemne y triunfante que parecía conmover a todos sus oyentes, penetrar hasta sus fibras más íntimas.

Al concluir su discurso se volteó hacia la cabeza de toro y se arrodilló. Gemiros, soldados y drimeios hicieron lo mismo. Un extraño cántico envolvió entonces al reino que una vez hubo de haber sido Drimeia.

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