martes 14 de abril de 2009

La Caída (Capítulo 1)


Anactoria abrió la puerta de madera cuidando de hacer el menor ruido posible. Si bien su padre tenía el sueño pesado, no así su hermano, quien solía despertarse ante cualquier leve murmullo. Ya fuera de la cabaña, la cerró suavemente. Aliviada, levantó la vista al cielo y se detuvo en la contemplación de la luna. Esta mostraba la totalidad de su faz, resplandeciendo con una espectral palidez que opacaba a los miles de astros que le hacían de séquito. Anactoria sonrió y se encaminó hacia el bosque que se hallaba a unos doscientos metros de su morada.

Tras media hora de marcha por aquel cerrado conjunto de pinos y abedules la joven llegó a un pequeño claro. Al entrar en él se sentó junto al arroyo que corría desde las montañas del este. Sumergió los pies en sus aguas ya que la caminata la hizo acalorarse. Luego de que se hubo enfriado un poco, sacó los pies del arroyo e inclinó su torso sobre él. Vio su reflejo y se alegró de verse hermosa. El cabello castaño estaba perfectamente recogido en una coleta que nacía en la mitad trasera de su cabeza; sus labios tenían una tonalidad rojiza que hacía verla de manera sensual; la gargantilla de oro que había sido de su madre le quedaba como hecha a medida. Lo único que le desagradaba era la túnica color parda que vestía, pero no había encontrado a su disposición nada mejor. Por un momento, mientras contemplaba su propia imagen, se estremeció al pensar que la próxima vez que se viera ya no sería una niña, sino toda una mujer.

Oyó unos pasos provenientes del lado norte del bosque y rápidamente se volteó hacia aquella dirección.

- Astianos, mi amor- susurró emocionada, aunque también algo nerviosa.

Se incorporó y arreglo la caída de la túnica. Llevó las manos a su cabellera para cerciorarse de que no se hubiese despeinado. Sentía que el corazón se le aceleraba, que un pequeño temblor se apoderaba de sus rodillas.

Los pasos se hicieron más próximos, entonces notó que no provenían de una única persona sino de un grupo. Una mueca de horror atravesó su rostro, el cual, de un instante a otro, se había vuelto blanco. Durante unos segundos quedó inmóvil mientras oía la manera en que aquellos desconocidos individuos se acercaban más y más. Finalmente reaccionó; giró hacia el sur y decidió echarse a correr.

Se sumergió en el bosque, exigiendo sus piernas al máximo. En su carrera tropezó más de una vez con algunos troncos, lo que hizo que se lastimarán sus hombros y brazos. Detrás de ella se oía correr a varias personas. No cabían dudas que la estaban persiguiendo.

Al cabo de unos minutos el sonido de los pasos se fue debilitando hasta desaparecer. Anactoria notó que había entrado a una zona del bosque menos cerrada. Aminoró la marcha y la carrera se transformó en caminata. Se encontraba empapada de sudor y apenas podía respirar, estaba demasiada agitada como para seguir. La joven tenía la seguridad de que había perdido a sus perseguidores, por lo que decidió sentarse contra un árbol.

Abrazó sus rodillas y miró a su alrededor. No conocía aquel lugar; nunca había estado allí. Si bien había logrado quitarse de encima a sus posibles atacantes, ella misma se había extraviado. Hundió la cabeza entre sus piernas y comenzó a llorar.

Entonces volvió a oír los pasos. Se incorporó de un salto. Con los ojos llenos de lágrimas, intento divisar algún movimiento entre los árboles. No vio a nadie pero el sonido se hacía a cada segundo más cercano. No provenían de un solo punto, sino de todos. Estaba rodeada.

- ¿Qué es lo que quieren? ¡Por favor! ¿Qué quieren?- gritó.

Como respuesta, unas manos gigantescas surgieron desde detrás de ella y la tomaron del cuello. Anactoria quiso gritar pero las manos apretaron con tal fuerza que sólo puedo emitir un leve gemido.

Cuando abrió los ojos ya no se encontraba en el bosque. Las paredes y el suelo de roca sin trabajar la hicieron percatarse que se trataba de una caverna. El aire era pesado, apenas respirable, muy probablemente se encontrara a varios metros por debajo del nivel del mar. La bóveda de la cueva no podía verse ya que su altura era tal que se perdía entre las sombras. El lugar era gigantesco, sus límites se tornaban imprecisos a causa de la oscuridad. A lo lejos se oía el rugir de un río subterráneo. Si bien este era el único sonido, la caverna no estaba desierta. Por el contrario, había una gran multitud.

Más de cincuenta hombres vestidos con túnicas negras que los cubrían de pies a cabeza permanecían inmóviles sobre el ala oeste del recinto. Mantenían las cabezas gachas y las manos unidas en actitud de oración. Había también alrededor de doscientos soldados, armados hasta lo dientes, ubicados en los distintos rincones de la cueva. Su musculatura fibrosa y su piel entre cobriza y amarillenta denotaban que pertenecían a alguna de las tribus nómadas del sureste. De cada cinco, uno llevaba una antorcha con las cuales iluminaban el sitio. A los costados de la pared sur, formaban filas unos doscientos “hombres-bestias”, gigantescos salvajes cuya altura, en varios casos, superaba los dos metros y medio de alto. Podría entendérselos como una mezcla diabólica de simios y hombres, mucho más fuertes que los últimos, apenas más inteligentes que los primeros. Sus pechos estaban protegidos por rústicas armaduras de cuero mientras sus manos sostenían enormes hachas.

Anactoria intentó moverse. Se dio cuenta entonces que sus manos y pies estaban atados. Tampoco podía gritar ya que se encontraba amordazada. Oyó un gemido a su izquierda y giró la cabeza hacia aquella dirección. A unos metros, una joven en su misma situación lloraba mordiendo la tela que tapaba su boca. Estaba completamente desnuda, cosa que hizo que Anactoria se percatase de su propia desnudez. Sin embargo no se percato únicamente de esto sino también de que había más jóvenes desnudas y amarradas, detrás de cada una un guerrero de piel cobriza las vigilaba. Un total de trece muchachas conformaban un círculo en cuyo centro se elevaba un altar de oro y piedra negra cuya forma imitaba a la cabeza de un toro.
Anactoria sacudió la cabeza deseosa de que todo eso no fuera sino una pesadilla. Uno de los integrantes del grupo de los de túnica negra avanzó entonces hacia el altar y comenzó a hablar. La muchacha lo miró esperando que dijera algo que le hiciese comprensible la situación. Sin embargo aquella voz grave pero a la vez suave, hablaba una lengua para ella desconocida.

El hombre volvió a guardar silencio. Se volteó hacia uno de los guerreros para darle una orden. Este asintió con la cabeza. De su cinturón colgaba una pequeña daga de acero. La extrajo con la diestra y tomando a la joven que tenía adelante pasó la hoja del arma por su garganta. La sangre cubrió su cuello, sus hombros, sus pechos. El soldado soltó el cuerpo y este cayó inerte al suelo. El hombre de su izquierda hizo lo mismo con otra muchacha; y luego el de la izquierda de este, como si se tratase de un círculo de horror y muerte que se cerraba rapidamente.

Anactoria sintió que el corazón le latía de manera desenfrenada mientras un ardiente calor rodeaba su cuello.

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