martes 14 de abril de 2009

La Caída (Capítulo 4)


El Agriopión era el templo central de Drimeia. Construido fundamentalmente en mármol, su altura sobrepasaba los treinta metros. Redondeadas y gigantescas columnas custodiaban su entrada principal, la cual se hallaba a más de cinco metros del nivel de la calle. Sobre el frente del techo se encontraban esculpidas escenas que recreaban la historia del reino. Podían verse a Panguénetor en la batalla final contra los Chtonios, a los Dioses dando su bendición a Selásforos por establecer leyes sabias, al pueblo llorando al ver pasar el cadáver de Squírtetes, a la Alianza marchar a la guerra contra el antiguo imperio del este. En todos estos relieves, mortales e inmortales se entremezclaban como si formaran parte de una misma raza. Incluso, en uno de ellos, aparecía Ipsímelathros, el Dios de la Guerra Justa, arrojando a Estrames, la deidad con forma de gusano, a los Abismos del Olvido. Este hecho era considerado parte de la historia del reino de la misma forma que cualquier otra hazaña o acontecimiento de índole humana.

La forma del templo era pentagonal, habiendo varías entradas en sus caras laterales. Cada una de ellas, si bien contaba con una guardia permanente, era accesible a los ciudadanos en cualquier momento del día. Cuando Arréktos mandó a construirlo, lo hizo con la intención que todo drimeio tenga la posibilidad de adorar y suplicar a los Bienaventurados cuando le sea necesario. En las distintas salas había incontables esculturas de los Dioses ante las que sacerdotes y fieles elevaban sus rezos. La más impresionante de las figuras era la de Pandámator sosteniendo con la diestra su espada en alto y con la izquierda la cabeza del toro que acababa de decapitar. Se encontraba en el centro del Agriopión, en un patio descubierto. Estaba hecha de mármol, marfil y oro y medía algo más de dieciséis metros de alto. Eran cuantiosas las ofrendas que día tras día recibía aquella representación. Sin embargo, no todas las habitaciones del templo podían ser transitadas libremente. En varios lugares sólo podían entrar los sacerdotes; en otros únicamente las sacerdotisas. Había incluso una, la Sala del Holocausto Eterno, a la que nadie, salvo el sumo sacerdote, podía penetrar a ofrecer libaciones.

Esa mañana era la única en que el edificio se mantenía cerrado. Al igual que todos los años en aquella fecha, una inmensa multitud se congregaba frente a ella mientras la guardia real formaba filas al pie de las escalinatas que conducían a la entrada. Dicha plaza era el centro geográfico de la capital, todas las avenidas importantes convergían en ella. Con sus más de dos estadios de superficie, agrupaba en torno de sí los edificios principales del reino. El Agriopión se alzaba sobre su lado norte.

La población se encontraba aguardando ansiosa el inicio del acto. Habían acudido tanto los habitantes de la ciudad como de los campos linderos. El clima se mostraba perfecto; la primavera llegaba con sus fuerzas al máximo. Las flores y los árboles se abrían a los rayos del sol como si celebraran el inicio de un nuevo ciclo vital. Sin embargo se veía algo de nerviosismo en los rostros de los presentes. La desaparición de las trece adolescentes había sido algo que golpeó muy fuerte en los corazones drimeios. Igualmente, todos conocían bien el carácter de Aglaos, por lo cual sabían que ese acto no quedaría impune.

Tras unos largos minutos de espera, un grupo de fanfarrias comenzó a sonar. Las puertas del templo entonces se abrieron. Salieron de allí Aglaos junto a su mujer e hijo; a su lado Eudíos, Hipsífanes, Aigómeles, acompañados por un grupo de sacerdotes, oficiales del ejército y algunos ministros, hacían el cortejo a la familia real. Al verlos el pueblo aplaudió y lanzó loas. A muchos les llamó la atención la forma en que se hallaba vestido el rey. No llevaba la tradicional ropa de festejo, sino que vestía a modo de partir a la guerra. Una pechera de bronce y cuero con figuras de plata adornándolas cubría su torso; grebas también de bronce tachonadas en oro protegían sus musculosas piernas; sobre su brazo izquierdo sostenía el escudo que más de una vez hubo de salvarle la vida a su padre; de su cintura, sobre el muslo izquierdo, colgaba una espada de mango de madera en cuya punta se encontraba tallada en marfil la cabeza de un águila.

El rey avanzó unos pasos en dirección a su pueblo. Miró al cielo y luego suspiró.

- Compatriotas, hijos de Drimeia, hermanos míos-dijo- Nos hemos reunidos aquí para celebrar, para conmemorar el nacimiento de nuestra patria. Hace exactamente quinientos años Drimeia se elevó por sobre las ruinas de un mundo oscuro, perverso, irguiéndose como un haz de luz en una noche de tinieblas. Guiado por Panguénetor, héroe del que me enorgullezco tener por antepasado, nuestro pueblo levantó con sus propias manos un reino de justicia, de libertad, de belleza y de verdad. Fue grande la gesta y costó miles de vida, ríos infinitos de sangre corrieron por esta tierra, pero finalmente la luz logró vencer desterrando por siempre el imperio de las sombras. Los dioses estuvieron de nuestro lado en ese entonces de la misma forma en que lo estuvieron siempre a lo largo de nuestra historia; nuestra guerra es la de ellos y su guerra es la nuestra. Entre Drimeia y los Dioses no hay diferencia; como tampoco la había entre Cthonia y las aberraciones infernales a las que ella levantaba culto.
-
Aglaos hizo una pausa y entrecerró los ojos. El pueblo lo miró expectante.

- Muchos de ustedes se preguntarán porqué no llevó las tradicionales ropas de festejo, sino el atuendo de guerra. Pues bien, la respuesta a ello es sencilla: estamos en guerra. La desaparición de las trece jóvenes es, para el reino todo, un llamado a la guerra. Nunca he mentido a mi pueblo y no será esta la primera vez que lo haga. No sabemos quien es el enemigo, quién es el responsable de una acto tan bárbaro, perverso, ruín. Sin embargo, yo, como su rey, no descansaré hasta que esto se encuentre aclarado, no me quitaré mi armadura hasta que todo…

Una extraña vibración envolvió entonces el aire. Se trataba de una especie de rugido sordo que parecía provenir de todas partes a la vez que de ninguna. Tanto el pueblo como el soberano se percataron de eso. De repente, además, parecía que había aumentado mucho la temperatura. Aglaos se volvió hacia Eudíos; sin embargo este le hizo un gesto que daba a entender que no sabía de qué se trataba.

Aglaos continuó.

- Pueblo mío, como les decía…No me quitaré esta armadura hasta que todo sea resuelto. Cuando la corona de mi padre se depositó sobre mis sienes, adquirí el compromiso de velar por el bienestar de todo drimeio, desde el más joven al más anciano, desde el más rico al más pobre. Creanme que si debo de dar mi vida con este fin, como juré hacerlo años atrás, lo haré y no habrá…

El rugido se volvió una especie de alarido ensordecedor y la temperatura se torno sofocante. Al cabo de unos segundos la tierra comenzó a temblar El rey perdió la estabilidad y de no haber sido por Hipsífanes hubiera caído por las escalinatas. Varias personas del público también lo hicieron. Filas enteras caían al suelo al sentir que el mundo había entrado en colapso.

- Pero… ¡¿Qué está pasando?!-gritó Aglaos.

En ese instante una grieta se gigantesca se abría entre el templo y la plaza mientras varios edificios se venían abajo.

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