miércoles 15 de abril de 2009

En los Reinos del Hielo (Capítulo 4)



- No hay nadie afuera, parece un poblado muerto.

- Sin lugar a dudas los festejos duraron hasta tarde anoche.

Los dos ancianos se encontraban en la calle, en el terreno que separaba sus casas. Miraban sin expresión la desolación que envolvía al poblado. Sus rostros apergaminados eran las únicas partes de sus cuerpos que no se hallaban cubiertas por pieles.

El sol había salido hacía bastante tiempo, sin embargo el amanecer aún parecía no haber llegado para los hella. Aparte de ellos dos se veían muy pocos transeúntes. En un taller se oía el choque del hierro sobre el hierro; algunos hombres acomodaban bolsas en los graneros; desde el puerto llegaron sólo unos pocos carros con pescado. De tanto en tanto podía verse pasar a un grupo de soldados semidormidos realizando un intento de guardia. El sol brillaba sobre un cielo pálido pero despejado; el frío era un motivo más para no salir del lecho.

Uno de los ancianos se acarició los largos cabellos blancos.

- Sí, ayer no hubo casa que no se inundara de cerdo, pescado y cerveza. Yo igualmente me fui a dormir temprano. Dentro de todo, alimentos no nos faltan. A veces creo que Elegard no es tan mal rey.

- Seamos sinceros, aunque no me gusta que sea así, lo poco bueno que tenemos se lo debemos a un extranjero venido de los dioses saben donde. Si no fuera por él, estaríamos en el infierno…o en un sitio peor aún- tras decir esto el anciano escupió al suelo; antes de tocar la nieve, la saliva ya se había convertido en hielo.

La puerta de una choza se abrió. De ella surgió una figura envuelta en un manto de piel. Al sentir el frío golpear contra su cuerpo, se inclinó hacia adelante. Se apoyó contra la pared intentando no caer. Las piernas le temblaban y un sudor helado empapaba su rostro. Su mirada, habitualmente vivaz e inteligente, se había convertido en la de un moribundo. El grupo de soldados pasó por enfrente de él.

Al ver a su jefe lo saludaron. Este ni siquiera se percató de su existencia. Los soldados notaron que Protarco no se encontraba bien y fueron hasta él.

- General, ¿Qué le ocurre? ¿Se encuentra bien?- le preguntó uno, con tono de sincera preocupación.

El guerrero de un solo ojo levantó la cabeza y lo miró. Movió los labios intentando decir algo pero de su boca no salieron sino unos balbuceos incomprensibles. Tras esto, se fue al piso de bruces. Los soldados lo levantaron y comenzaron a gritar intentando que recobrara el conocimiento. Keraos se despertó al oír los gritos y fue hasta donde se hallaba su padre.

El muchacho apartó a los demás soldados y tomó a Protarco entre sus brazos. Lo sacudió para reanimarlo pero el general no reaccionó. Keraos se volteó hacia los guardias.

- ¿Qué demonios le pasó? ¿Quien rayos le hizo esto a mi padre?- Bramó el rubio joven.

- No lo sabemos, apenas lo vimos y ya se encontraba así. Luego nos acercamos y perdió el conocimiento- le respondió uno.

- Llevémoslo a lo de viejo Ragnor, él sabrá que hacer- dijo otro.

Keraos echó el cuerpo de su padre sobre los hombros y se encaminó rápidamente hacia la casa de anciano curandero. Detestaba a ese viejo y no creía para nada en sus supuestos poderos. Sin embargo, entre los Hella, no había otra opción. Los soldados lo siguieron.

Los dos ancianos miraron impávidos la escena, a unos treinta metros del lugar.

- Ya tenías que nombrarlo para que le ocurriera algo… ¿Te acuerdas cuando comenzaste a elogiar al padre de Elegard? Dijiste que era el mejor rey que habíamos tenido y a la semana lo asesinaron. Realmente tu vieja lengua trae mala suerte.

Cuando el otro anciano oyó a su amigo frunció el entrecejo. Pero dos segundos después se echó a reír a carcajadas. El otro también lo hizo a continuación. Dos pares de encías rojas como la sangre, sin un solo diente, asomaron en toda su desnudez brillando entre la blancura que envolvía todo.

A unos kilómetros de allí, en el extremo noreste del territorio que pertenecía a los hella, tres soldados dormían profundamente al amparo de un enorme pino cubierto de nieve. Se hallaban tapados con pieles y apoyados sobre el tronco, uno al lado del otro para que el contacto entre los cuerpos les diera un poco de calor. Si bien en la noche anterior no habían sido invitados a la celebración ofrecida en el palacio, habían festejado por su propia cuenta. Al día siguiente les tocaba la guardía pero sabían que podían echarse una siesta. Luego de haber ganado una batalla tan importante, habría bastante flexibilidad con respecto al cumplimiento de las tareas. De descubrirlos nadie se enojaría demasiado por un pequeño descanso. Además, era un descanso necesario ya que hacía varias semanas que la inminencia de la batalla ante los Vanathar, había colmado de nerviosismo a todos los hella, sobre todo a los soldados que participarían en ella. No era que no se supieran fuertes y valientes. Pero, con todo, las tropas de Funther habían crecido mucho en el último tiempo; incluso, habían derrotado a guerreros tan fieros como los que había en el reino gobernado por Elegard.

El soldado del medio era el que más profundamente dormía. Por las comisuras de sus labios se extendía un hilo de baba que caía sobre el hombro de su compañero. Cada treinta segundos lazaba un ronquido grave que iba acompañado de un fuerte olor a alcohol fermentado.

El roce de un filo helado sobre su rostro lo hizo moverse. Quiso seguir durmiendo pero aquel elemento volvió a molestarlo. Refunfuñó algo en tono molesto y trató de correr con la mano ese objeto. Al hacerlo, aún semidormido, se percató de que se trataba de una espada. Entonces abrió los ojos y se levantó de un salto tomando la espada que tenía al lado.

- Tranquilo, sólo estaba intentando despertar a alguno de ustedes… ¡Por los dioses que llevo tiempo haciéndolo!

El soldado hella tenía frente así a un gigante de más de dos metros de altura. Su cabellos y barbas era tan rojas como el fuego y la mirada que le lanzaba era un mezcla entre burlona y despectiva. Tenía la gigantesca espada de hierro desenvainada.

- Pensaba que los hella tendrían unos guardias un poco más atentos- dijo el gigante dirigiéndose a sus compañeros.

Eran diez, todos enormes y pelirrojos. Estaban montados en caballos negros y armados con espadas, hachas y escudos. Sobre sus cabezas resplandecían cascos que imitaban cabezas de demonios; de sus hombros caían capas de piel anchas y largas. Sus rostros estaban cubiertos de cicatrices y poseían una expresión más helada que la nieve misma. El soldado se dio cuenta rápidamente que se trataba de un grupo de guerreros yrigmar.

Sus dos compañeros se despertaron y se levantaron de un salto totalmente sorprendidos.

- No se asusten…recuerden que ahora somos aliados- dijo sarcásticamente el gigante pelirrojo- No se preocupen, no vamos a hacerles daño.

Los tres hella se miraron entre sí. El que primero había sido despertado se adelantó.

- Pues bien- proclamó intentando sonar seguro- ¿Qué es lo que quieren?

- Que nos lleven ante su rey, ante el “dignísimo” Elegard.

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