
Keraos abrió de una patada la puerta de la casa donde vivía Ragnor. El anciano se encontraba agachado junto a un brasero sobre el cual se calentaba una olla de agua con hierbas. Al sentir aquél golpe, se incorporó sobresaltado.
- ¿Qué pasa? ¿Qué es esto?- gritó.
Sin prestar ninguna atención a estas palabras, Keraos entró a la habitación, llevó a su padre hasta el lecho que se hallaba en una de las esquinas y lo acomodó en él. Detrás del joven llegaron los otros soldados. A diferencia del hijo de Protarco, estos penetraron en la choza lentamente y con cautela.
- Permiso, señor- dijo uno de ellos mirando a Ragnor con gran respeto- se trata de Protarco.
-
El anciano arqueó las cejas para luego fruncirlas. Miró a los soldados y luego a Keraos.
- ¡No me importa de quien se trate! ¡Nadie puede entrar así a mí hogar! ¡Se me debe un respeto que no permitiré que nadie, absolutamente nadie, me arrebate!- y lanzó una nueva mirada, llena de cólera, a los soldados.
Estos agacharon la cabeza. Al igual que a la mayoría de los hella, el curandero les causaba admiración a la vez que terror. Sabían que él trataba con fuerzas que estaban más allá de su comprensión, que de la misma manera en que podía salvar una vida, podía también exterminarla. Contra sus poderes de nada valía el acero ni el valor. Ese anciano solitario, de largos cabellos blancos, de barba sucia y tupida, era visto como una especie de demonio menor que, si bien mortal, tenía un contacto muy íntimo con las fuerzas arcanas que regían el cosmos. Sin embargo, no era únicamente temido por esto. Se trataba de alguien con mucha influencia en el reino. Desde hacía años se había granjeado el respeto de varios soldados y hombres ricos por medio de las ayudas esotéricas que solía brindar. Entrometerse con él implicaba entrometerse con gente poderosa que estaba dispuesta a todo por seguir contando con los favores de este intermediario entre los hombres y las potestades superterrenales. Aunque vivía de manera miserable, se trataba, además, de un hombre rico.
- ¡Ahora mismo les ordenó que se vayan de aquí!- bramó.
Keraos se volteó hacia el anciano y se abalanzó sobre él. Lo tomó de un brazo y lo llevó contra una pared. Los rostros de los soldados se volvieron blancos.
- ¡Maldito vejestorio!- dijo Keraos sin soltarle el brazo- Ahora mismo vas a averiguar que demonios le pasó a mí padre y más te vale que lo cures sino te juro que no habrá conjuro alguno que te salve de mi espada.
Ragnor sintió que el corazón se le estrujaba dentro del pecho. Era una de las pocas veces que vio su vida realmente amenazada. El joven guerrero no estaba mintiendo ni exagerando. El curandero siempre notó que tanto Keraos como su padre no tomaban muy en serio sus poderes; más de una vez oyó al soldado de cabellos dorados burlarse de ellos por lo bajo. Sabía que en una situación como esta, con la vida de Protarco en juego, el muchacho no dudaría en cumplir su amenaza en caso de salir algo mal.
En un gesto de obediencia el anciano levantó las manos a la vez que agachó la vista. Keraos lo soltó pero permaneció unos segundos frente a él sin dejar de mirarlo; luego se volteó hacia el lecho donde yacía el general y fue hasta él. Ragnor lo siguió y, parado a su lado, dijo de manera cortante:
- Déjenme a solas con él.
Keraos acaricio la frente de su padre.
- Está bien- respondió el joven en tono parco; tras esto se alejó del inerte cuerpo y salió de la choza.
El resto de los soldados acompañó al hijo de Protarco hacia fuera. Uno de ellos le dijo que debían de seguir con su ronda pero que antes les avisarían a los guardias del rey sobre lo acontecido al general. Keraos asintió con la cabeza mientras apoyaba la espalda sobre la puerta de entrada de la casa del anciano. Los soldados se despidieron de él. Al hacerlo le aseguraron que en cuanto les fuera posible volverían para saber como se encontraba su padre.
Keraos suspiró. En las calles del poblado ya había más gente andando. Algunos niños corrían mientras se lanzaban bolas de nieve jugando a la guerra. Los adultos, a pesar de que en sus rostros se dibujaban ojeras y cansancio, volvían a sus ocupaciones habituales. Hablaban entre ellos del triunfo ante los vanathar, de los festejos de la última noche, de que ahora Hella podría posicionarse de mejor manera entre los demás reinos del norte. El rugido de los martillos de los herreros domando el metal se hacía más frecuente a medida que pasaba el tiempo y los caballos y carros fluían en mayor cantidad por entre los blancos canales de nieve. La loma en donde se erguía Hella comenzaba a revestirse de movimiento, de voces, de vida; todo ello contrastaba con la desolación y silencio que reinaba en el espíritu de Keraos. Su relación con Protarco era difícil; sin embargo ese hombre duro, forjado en mil batallas, con el que tenía más diferencias que semejanzas, era lo único que poseía en el mundo.
Unos minutos después la puerta en donde se apoyaba se abrió. Keraos se dio vuelta. Frente a él se hallaba Ragnor. El anciano hizo un gesto para que entre a su casa. Keraos volvió a suspirar e hizo caso a la señal del curandero.
- O sea que Mjonspell requiere mi ayuda- dijo Elegard por tercera vez mientras sentía que un torrente ácido atravesaba su estomago.
- Si, señor. Así es- respondió el gigante pelirrojo mirando fijamente a los ojos del rey- Nuestro dignísimo soberano, os pide el favor de cooperar en esta negociación. Vuestra majestad sabe muy bien que nuestro pueblo siempre ha preferido arreglárselas solo; sin embargo, Mjonspell piensa que ya que dentro de poco vuestra querida Hanna y nuestro príncipe Anthor serán marido y mujer, esta solicitud es casi un pedido entre familia. Con vuestro apoyo se podría establecer más fácilmente algo de paz entre los yrigmar y los ballahires.
Elegar se llevó una mano a la sien. La cabeza le dolía demasiado; además tenía que realizar grandes esfuerzos por mantener la vista fija en el hombre que estaba frente a él. La guardia real y los soldados yrigmar lo miraban con atención esperando la respuesta del monarca. Elegard se sentía asfixiado por todas aquellas miradas; tenía que razonar y hablar con corrección y eso le parecía una tarea imposible. El bacanal festejo de la última noche había dejado secuelas. Ese día no tenía pensado recibir a nadie; pero sabía que no era para nada inteligente no atender a los enviados de Yrigmar, un aliado más que importante.
- Salimos de nuestra patria antes de saber el resultado de vuestra batalla contra las huestes de Funther- prosiguió el extranjero a la vez que una sonrisa de costado asomaba en sus labios- La intención de Mjonspell de ser favorable para vosotros dicho resultado era hacer el pedido que nos encontramos haciendo en este preciso momento; pero de serles este adverso íbamos a hacerles saber que las espadas de nuestro pueblo están a vuestro servicio.
- Sí- dijo el rey ahogando un eructo- El lugar del intercambio… ¿Dónde dijiste que sería?
- En la ladera occidental del Monte del Hacha, frente al Lago de los Murmullos.
Elegard frunció el entrecejo en un intento de parecer inteligente.
- ¿Por qué en ese lugar? Está algo lejos de ambos reinos.
- Exactamente por ello- respondió el soldado- Cuanto más lejos, mejor. Es sabido que el odio entre ambos pueblos es inmemorial, las guerras que hemos mantenido a lo largo de los años, de los siglos incluso, han generado interminables ríos de sangre. Un lugar alejado nos pondría en igualdad de condiciones. Además, aquel sitio es un lugar sagrado, los mismos dioses tienen prohibido realizar allí cualquier acto de violencia. Así y todo, para estar más seguros de que no renazcan los habituales rencores, necesitamos garantes. Es decir, los necesitamos a ustedes.
- Está bien. Díganle a vuestro rey que mañana mismo partirá un grupo de soldados hacia Yrigmar. Mjonspell dentro de poco será mi consuegro; es justo que haga lo que me pide. Pueden marcharse.
Los gigantes de cabellos rojos inclinaron la cabeza en señal de agradecimiento y salieron de la habitación. Elegard ordenó a uno de sus guardias reunir un grupo de soldados.
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