La noche ya se desplegaba sobre el reino de Hella. El cielo comenzaba a nublarse nuevamente haciendo desaparecer a las estrellas que brillaban sobre lo alto. Los ancianos del pueblo pronosticaban una tormenta de nieve para los próximos días, una tormenta de nieve mucho más fuerte que la anterior. Las calles estaban calmas, silenciosas, desiertas; los habitantes del pueblo se habían ido a dormir más temprano que lo habitual; al día siguiente, todos debían de regresar a sus ocupaciones, ya no había festejos que sirvieran de excusa. La guerra, la victoria; tanto una como la otra habían terminado; la rutina regresaba, como una verdad incandescente que marcaba la vida de hombres, niños, mujeres, pobres, ricos.
La puerta lateral del palacio se abrió. Un carro de madera y bronce, tirado por dos caballos salió de allí. La parte de atrás estaba techada por unas mantas de piel de oso mientras que dos soldados ocupaban la parte delantera; uno conducía, el otro llevaba en alto su espada y su escudo. Un grupo de jinetes cabalgaba alrededor del carro absolutamente armados. Mazas, espadas, hachas y lanzas resplandecían en la oscuridad de la noche.
El cortejo anduvo un rato por entre las calles de tierra y piedra. Los cascos de los caballos retumbaban de manera notoria; sin embargo a nadie parecía importarle. Nadie, siquiera, se acercó a la ventana de su casa para ver que ocurría afuera. El grupo se detuvo al llegar frente al hogar de Ragnor. Los jinetes conformaron entonces un círculo en torno al carro. Un soldado se apartó del grupo y golpeó la puerta de entrada de la choza. El anciano hechicero no tardó ni medio minuto en abrirla.
La portezuela del vehículo se abrió y por ella salió Elegard. El rey se encaminó hacia la vivienda de su súbdito acompañado por dos guardias. Ya adentro dijo:
- Pero… ¿en que diablos pensabas? Salir a pasear en una noche tan fría como la de ayer, tras haber comido y bebido como lo hiciste... Si no hubiera estado tan ebrio no te hubiera permitido hacerlo… ¡Tienes suerte de continuar con vida!
Las palabras iban dirigidas a Protarco, el cual yacía en el lecho donde horas antes lo había depositado Keraos. Su piel estaba algo macilenta y tenía la mirada cansada. Cuando vio al rey sonrió y se incorporó levemente sobre su hombro izquierdo. Keraos estaba sentado en una silla a su lado, había permanecido allí todo el día.
- Majestad, le agradezco por venir- dijo en un tono fatigado.
- No seas idiota- le respondió el rey- no eres solo mi general, sino también mi amigo, salvaste mi trasero más de una vez. Es lógico que me preocupe por ti y que venga a verte.
- Igualmente, quiero que sepa…
- Igualmente, nada. Ahora, cállate y evita cansarte, trata de recobrar energías- replicó el monarca.
A continuación, Elegard interrogó al curandero sobre el estado de su general. Este le informó que efectivamente su estado se debía a la combinación de alcohol, comida y frío en exceso. Tal mezcla le había producido una fuerte indigestión, acompañada de fiebre. Le dijo también que Protarco estuvo inconsciente varias horas, horas en que entre él y Keraos estuvieron untando su cuerpo con aceites de hierbas y haciéndole aspirar vapores medicinales. Al volver en sí, el general vomitó varias veces; cosa que era necesaria para expulsar toda la inmundicia que llevaba dentro.
- Va a estar bien- terminó por decir- sólo necesita descansar y hacer una dieta estricta.
El rey se acercó al lecho y se sentó sobre uno de los bordes. Le dio unas palmadas en la espalda a Keraos, a las cuales el muchacho respondió con una sonrisa forzada. Elegard entonces le dijo a Protarco que si bien fue informado de su estado de salud apenas se hubo desmayado, no pudo ir a verlo antes debido a la visita que había tenido y a las tareas que tuvo que organizar a partir de esta.
- No sabes lo duro que fue atender todas esas cuestiones con los efectos de la borrachera de ayer- y lanzó un estruendosa carcajada- Gracias a los dioses ahora estoy un poco mejor; al menos el dolor de cabeza es soportable.
- O sea que tienes que ser garante de tu consuegro…-le dijo Protarco.
El rey suspiró en un gesto de fastidio pero que a la vez era también de resignación.
- Así es, amigo. Mjonspell ya está pidiendo favores antes de que se concrete la unión. Igualmente continúa siendo una alianza conveniente; los hella unidos a los yrigmar…seriamos prácticamente los más fuertes en esta región del mundo. Lo único que me preocupa es Hanna… no quiero sea infeliz.
Al oír esto último, Keraos se levantó bruscamente de su asiento y dijo:
- Saldré a tomar aire, llevo mucho tiempo encerrado, me siento ahogado- y salio de la choza.
Elegard y Protarco se miraron algo sorprendidos.
- Bueno… es Keraos. De este muchacho no debe sorprendernos nada- bromeó el rey.
Luego de este comentario Elegard le siguió dando los detalles del “favor” que debía hacerle a Mjonspell. Se trataba de un intercambio de prisioneros. La última batalla entre los yrigmar y los ballahires se dio alrededor de un año atrás. El triunfo fue técnicamente de los primeros; sin embargo podría decirse que fue una especie de “empate”; ambos bandos se hicieron con un grupo importante de prisiones. En los últimos meses tanto Mjonspell como el rey de los ballahires, estaban intentando limar asperezas entre los dos pueblos. La amenaza de Funther hizo a ambos reyes replantearse la idea de la necesidad de realizar posibles alianzas en la región ante un enemigo común. El intercambio sería un primer paso para comenzar un proceso cuyo fin sería cerrar viejas heridas y apaciguar un odio inmemorial. Sin embargo, se había decidido que cada pueblo llevase representantes de otro reino que sirvieran como garantes de la buena fe de cada una de las partes. Los hella fueron los elegidos por los yrigmar y los drakkar por la ballahires. Precisamente ni los hella tuvieron nunca problemas con los ballahires; ni los drakkar con los yrigmar; por lo que ambas elecciones fueron aceptadas ningún inconveniente.
- Los enviados de Mjonspell, esos pelirrojos y soberbios gigantes, están descansando en el palacio…mañana volverán a Yrigmar con veinte de nuestros hombres. Es una lastima que no estés en condiciones de dirigir esta misión; no es nada peligroso, no creo que haya emboscadas ni nada por el estilo; pero, así y todo, ese lugar…el Monte del Hacha, el Lago de los Murmullos… no sé… se cuentan muchas historias.
- Es verdad… se cuentan muchas historias- respondió Protarco pausadamente, intentando no esforzarse- Pero de lo que más hay que preocuparse es de que una vez frente a frente los viejos odios no enturbien la mente de los yrigmar ni de los ballahires; hay que tener en cuenta que muchos de los hombres que se van a encontrar allí se enfrentaron varias veces en combate; que se encontraran tanto de un lado como del otro, asesinos de amigos, de hermanos, de padres. Se requiere mucho cuidado en ese sentido.
- No, majestad- volvió a hablar tras una pausa- realmente no me preocupan las historias de fantasmas, sino los rencores de los hombres. Si llegara a haber alguna pelea, nuestros soldados tendrían que tomar partido por los yrigmar, y los drakkar por lo ballahires. De pasar esto, nos ganaríamos dos enemigos.
El rostro de Elegard adquirió un gesto de preocupación. Sabía que Protarco tenía razón. El pedido de Mjonspell no era tan inocente.
- Bueno- dijo, cambiando de tema- Quería decirte también que me gustaría que Keraos vaya con el grupo, es, sin lugar a dudas, uno de nuestros mejores guerreros; aunque su carácter no sea el mejor, su espada sí lo es.
- Por supuesto que irá- respondió el general.
El rey sonrió.
- Pues bien, amigo, volveré al palacio y te dejaré descansar. Lo necesitas.
El rey estrechó la mano de Protarco y se paró. Cuando se dispuso a caminar hacia la puerta, el guerrero de un solo ojo, dijo:
- Majestad, una pregunta.
- Sí, dime- respondió el rey volteándose.
- ¿Quien dirigirá esta misión en mi ausencia?.
- Mi segundo hombre de confianza, por supuesto, es decir… Gannar.
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