
Sus senos se movían rítmicamente al compás de sus caderas. Apoyaba las manos contra la pared que tenía enfrente mientras de sus labios salían gemidos a cada instante más entrecortados. Sólo las brasas de una chimenea ubicada a unos tres metros del lecho iluminaban la espaciosa habitación. Si bien afuera el frío era abismal, de aquel cuerpo suave, joven y blanco, las gotas de sudor corrían semejantes a un manantial de perlas.
De repente sus manos dejaron de apoyarse en la pared. Quebró la cintura hacía atrás e inclinó todo su peso sobre los brazos, los cuales formaban ahora un ángulo abierto con sus piernas. Los movimientos de sus caderas adquirieron entonces un ritmo frenético. Echó la cabeza sobre su nuca, dando la cara al elevado techo de madera. Unas manos fuertes se aferraron a sus nalgas y la hicieron moverse con mayor violencia aún. El rostro de la muchacha se desfiguraba en una mueca de placer casi demencial. Su cuerpo temblaba, su corazón latía como un tropel de caballos, se encontraba totalmente fuera de sí. Finalmente lanzó un grito agónico y se dejó caer sobre el cuerpo que estaba debajo de ella.
- ¿Cómo te sientes, “princesa”?- le dijo Keraos acariciando sus cabellos.
- Te amo ¿lo sabes?- le respondió Hanna con la voz entrecortada, mientras apoyaba su cabeza sobre el pecho del muchacho.
Keraos lanzó un suspiro y luego río cínicamente.
Al notarlo la hija de Elegard se levantó.
- Pero ¿Por qué te ríes? No lo comprendo- le preguntó ella a la vez que de sus ojos asomaban unas lágrimas.
Keraos alzó las cejas algo sorprendido. Luego hizo un gesto de fastidio y se levantó del lecho en dirección a donde estaban sus ropas. Hanna se quedó de pie.
- Te amo, ¿no te das cuenta? Te hice mi primer hombre, soy tuya, te pertenezco- Le dijo ya llorando.
Keraos se vestía y sin siquiera mirarla le dijo:
- Tu eres la hija de un rey, si es que puede llamarse así a un glotón borracho como tu padre,…y yo, un simple soldado. Tu padre tiene otros planes para ti; ya estás comprometida con el hijo del líder de los Yrigmar. Te recomiendo que en vez de actuar como una chiquilla caprichosa, disfrutes de lo que hacemos. Una vez vi a tu pretendiente y no creo que goces mucho con esa bola de grasa pelirroja.
La muchacha se acercó a Keraos y se abrazó a su cuello mientras este se ajustaba la capa de piel de oso. Hanna cubrió de besos el cuello de su amante. Luego tomó su rostro entre las manos y lo hizo voltear hasta que ambas miradas quedaron enfrentadas.
- Keraos, eres el único hombre que amé, que amo y que amaré- proclamó ella sin que las lágrimas opacarán en lo más mínimo la seguridad de sus palabras- Estoy dispuesta a todo por ti. Absolutamente a todo. Jamás me tocará hombre alguno que no seas tú; sean cuales sean los planes de mi padre. ¡Escapemosnos de aquí! ¡Iniciemos lejos una vida juntos, donde ni tú seas soldado ni yo la hija de un rey que, como dices, apenas merece ser considerado como un hombre!
El muchacho se quedó unos segundos en silencio contemplando los ojos de Hanna.
- Tengo que irme- Dijo bajando la vista y apartándose de ella.
Hanna también bajo la vista y en un susurro preguntó:
- No me amás ni remotamente, ¿no es cierto?
El muchacho se ajustó la vaina de la espada al cinturón y sin siquiera mirarla le respondió:
- Quien ha visto lo que yo vi, quien ha asesinado a tantos hombres como yo asesiné, quien guarda tanto odio en su corazón como yo guardo, no es capaz de amar. Lo siento; esa es la verdad.
Al oír estas palabras Hanna soltó el cuello del joven guerrero y fue hacia su lecho sin volver la vista. Keraos ya vestido, se dirigió hacia un rincón de la habitación, donde colgaban unas cortinas cuyos bordados representaban de manera rústica pero bella un grupo de doncellas danzando en un prado verde. A la izquierda de la tela, a unos dos metros de altura, una ventana de madera se encontraba cerrada con unos pasadores de bronce.
Keraos tomó una silla y la colocó debajo de la ventana. Se paró sobre ella y corrió los pasadores. Al hacerlo recordó la primera vez que traspasó aquella entrada. Hacía exactamente un año de ello. Por un segundo, no pudo evitar voltear su cabeza hacia atrás y dirigirle una última mirada a la muchacha. Hanna estaba acurrucada en su lecho, tapada con varias mantas, de espaldas a él, mientras de tanto en tanto se le escapaba un sollozo que intentaba ahogar. El joven guerrero se volvió hacia la ventana y la abrió. El frío golpeó entonces sobre su cuerpo como si se tratase de una maza enemiga.
- Recuerda cerrar la ventana antes de quedarte dormida, afuera hace frío… demasiado frío- le dijo a la hija del rey antes de salir de la habitación.
El muchacho traspuso la ventana y se dejó caer sobre el balcón del piso de abajo. Luego se tomó de las barandas de bronce y se extendió a lo largo. Sus pies aún estaban a unos dos metros del suelo. Se soltó para luego caer de cuclillas sobre la nieve con el silencio y la agilidad de un felino. Al ponerse de pie observó a su alrededor. No había nadie. La fachada este del palacio daba a unos huertos que en invierno estaban siempre desolados. Los guardias se hallaban en la entrada al huerto, la cual se encontraba a varios cientos de metros de allí. Keraos se fue deslizando entre las sombras, amparándose en los árboles y en las esquinas del edificio. Luego de algunos rodeos para esquivar a los guardias, finalmente salió a una especie de callejuela también desierta. Era muy tarde; ya había dejado de nevar pero continuaba haciendo un frío inhumano. En las chozas de barro cocido y roca no se veía ningún fuego de alumbre.
Cuando estaba por llegar a la casa que compartía con Protarco vio que venían en dirección a él dos figuras gigantescas. Se hallaban absolutamente ebrios. Hablaban a los gritos y caminaban tambaleándose, como si en cualquier momento estarían por irse al piso de bruces. Keraos reconoció la voz de uno de ellos, por lo que llevó su diestra a la espada que colgaba sobre su muslo izquierdo. Lo hizo con disimulo, aprovechando que el manto de piel de oso lo cubría casi por completo.
Finalmente se cruzaron. Recién cuando lo tuvo al lado, Gannar reconoció al muchacho de cabellos rubios. Hizo silencio instantáneamente y su rostro alegre se volvió una expresión de odio. Quiso balbucear algo, pero su acompañante lo tomó del brazo y le hizo apurar el paso. Keraos lo miró fijamente a los ojos. Cuando pasaron de largo, el muchacho volteó la cabeza para continuar mirándolo. Gannar hizo lo mismo mientras seguía caminando en dirección opuesta. Al cabo de unos metros cada uno se hizo invisible para el otro.
Keraos entró a su casa intentando hacer el menor ruido posible. No quería que Protarco se despertara y, menos aún, que comenzara a interrogarle acerca de a donde había ido. Se quito las botas y el cinturón del cual colgaba su espada; se acomodó en su lecho vestido e intentó dormirse.
Al cabo de un rato Protarco entró a la casa, también cuidadoso de no despertar al otro habitante del lugar. En su rostro se dibujaba la decepción. Había pasado varias horas en un establo ubicado en el lado este del poblado. Sin saber porqué había tenido todo el día la impresión de que la comitiva que esperaba llegaría esa noche. Se fue lo más pronto que pudo de la fiesta ofrecida por Elegard y pasó la mayor parte de la noche mirando al sur en ese solitario lugar. Sin embargo sus presentimientos habían sido infundados. No vino nadie a verlo. Hacia ya mucho tiempo que nadie lo hacía. A medida que pasaban los días, las semanas, los meses su preocupación iba creciendo hasta convertirse en angustia; una angustia tal que muy probablemente esa noche no le permitiría conciliar el sueño.
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