
La cerveza corría caudalosamente entre los vasos y copas de bronce. Las risas, los eructos y las bromas vulgares pronunciadas a gritos conformaban una cacofonía que daba muestras de ello. De tanto en tanto, los recipientes chocaban entre sí y alguien se acordaba de dedicar una libación a los dioses. Afuera había comenzado a nevar hacía rato, pero entre el alcohol y el fuego en las chimeneas ninguno de los presentes sentía frío, incluso el sudor cubría la frente de varios.
Alrededor de cien hombres, de brazos fuertes y de espaldas gigantescas, de rostros curtidos por el frío y las cicatrices, celebraban su victoria en el recinto real. Aquella habitación grande y cálida, construida en parte por bloques de piedra, en parte por barro cocido, era el lugar más vistoso del poblado de los Hella. Espadas y escudos de bronce colgaban de las paredes, unas cortinas rojas con detalles dorados separaban la sección destinada a los festejos de las otras; incluso había en varios rincones estatuas de madera que representaban las cinco divinidades de la guerra.
Protarco iba y venía entre las mesas, saludando a los guerreros, bebiendo y bromeando con ellos, preguntándoles sobre sus vidas, sobre sus estados de ánimo y sobre sus familias. Poseía un liderazgo muy fuerte, sus hombres lo respetaban y querían. Tenía el extraño don de hacerse ver un igual ante los soldados sin perder nunca la autoridad. La simpatía y admiración que sentían por él era equiparable al rechazo que les provocaba su hijo Keraos. Una cosa que aumentaba los sentimientos positivos hacia el primero, es que este jamás mostró, como superior, preferencia por el segundo, lo trataba como a un soldado más. Incluso una vez había habido una disputa entre Keraos y otro soldado que llevó a un enfrentamiento con espadas, en el cual el rival del arrogante muchacho terminó con una oreja menos. Protarco mandó entonces a encerrar a su hijo durante algunas semanas en un calabozo, no sin antes ordenar que lo azotaran.
Una voz anunció la entrada del rey a la habitación. Los soldados hicieron silencio y tragaron lo más rápido posible los pedazos de carne que tenían en la boca. Alguien se atoró y comenzó a toser, como si se estuviera ahogando. Un golpe en la espalda le hizo escupir un trozo de cerdo casi sin masticar.
Elegard salió de una puerta ubicada en el extremo norte de la habitación que daba a un púlpito de un metro y medio de altura. A su lado se encontraba Hanna, su hija, una hermosa muchacha de dieciséis años, de cabellos marrones y de ojos verdes, cuya figura esbelta y delicada era un espectáculo que todo hombre de Hella admiraba. El rey caminó hacia el centro del púlpito y se sentó en el trono de madera. Su hija permaneció parada a su lado.
Elegard sonreía. Su rostro se encontraba más colorado que de costumbre. Se notaba que había estado bebiendo. Sus ojos celestes contemplaban a los soldados con una expresión alegre y algo boba. La corona reposaba sobre unos cabellos que entremezclaban el blanco y el rubio. Tenía cuarenta y seis años; sin embargo aparentaba más. Era de gran tamaño y de joven había poseído también una gran musculatura; pero esta se había convertido, con el paso del tiempo, en grasa. Era obeso y tenía el rostro lleno de pequeñas arrugas que le daban diez años más de los que en verdad tenía.
-¡Soldados míos! Una vez más nos encontramos aquí para celebrar una nueva victoria. Esos perros isleños creían que íbamos a tenerles miedo, pero les demostramos que no somos cualquier pueblo. Ahora mismo, deben estar rogando a los dioses de que no seamos nosotros los invasores, que no seamos nosotros quienes los hagan salir de sus miserables chozas corriendo como ratas. Tal vez más adelante lo hagamos; pues quizás tengan lindas mujeres y no nos vendrían mal tenerlas en nuestros lechos. Lo mismo podremos decir de Funther y sus perros de Vanathar. Si piensa hacer con nosotros lo mismo que con los otros pueblos que se arrodillaron ante él, se equivoca. Saldrá perdiendo y no le quedará ni un miserable caballo en el cual huir ¿Qué pensáis vosotros?
Un caos de risas y respuestas afirmativas inundó el salón. El rey también se echó a reír a carcajadas.
- Bueno, amigos- volvió a hablar- no quiero aburrirlos. Ya habéis luchado y cumplido vuestro deber como siempre. Es hora de beber, comer y si se da la ocasión de gozar de alguna mujer que no sea vuestra esposa. Hay que celebrar y para eso estamos acá. ¡Que corra mucha cerveza! ¡Los hellarios somos conocidos en el mundo por ello! ¡Además de guerreros invencibles somos grandes bebedores! ¡Los más grandes de toda la tierra! ¡A beber, hermanos, que vuestro rey os acompaña! ¡Y lancemos loas a los dioses que nunca dejarán de estar de nuestro lado!
Los presentes levantaron sus vasos y vivaron a la salud de Elegard. Unos sirvientes colocaron una mesa sobre el púlpito, frente al trono real, llena de cerveza y de carnes asadas. El rey llamó a Protarco y a algunos hombres más para que se sentaran a su lado.
- ¡Mi amigo! ¡Mi compañero! ¡Mi súbdito más leal!- gritó Elegard parándose y abrazando a Protarco- Siéntate a mi lado y embriaguémonos.
- Sí, mi alteza- respondiole el guerrero de un solo ojo- Será un gran honor.
- ¡Vamos! ¡No seas tan formal! Hoy es día de festejo.
Los dos hombres se sentaron y el rey ordenó a una sirvienta que le diera cerveza al general. Cuando la joven se inclinó para hacerlo la mano derecha del monarca se hundió en el trasero de ella. La sirvienta miró a Elegard sonriendo.
- Prepárate para más tarde, niña. Hoy debemos de celebrar también en privado- proclamó el obeso rey también sonriendo.
- Es una chica muy linda ¿no te parece?- le dijo a Protarco.
- Sin lugar a dudas- le respondió este.
- Un día debes de probarla.
- Si vos lo deseáis…
- Pero no seas tan mojigato- gritó Elegard- ¡Vamos! No sería la primera vez que
compartimos una chica ¿o te está fallando la memoria?
Protarco se echó a reír.
- No señor, no me falla para nada.
- ¿Y tu hijo? ¿Dónde anda el “alegre” Keraos?
- Esta en aquél rincón- respondió Protarco señalando una esquina de la habitación.
Keraos estaba sentado solo, contemplando las llamas que brotaban de unos pequeños troncos ubicados en la base de una chimenea a pocos metros de él. Un pedazo de cerdo asado apenas mordido y una jarra de cerveza sin siquiera tocar descansaban sobre su mesa. Parecía abstraído de todo lo que lo rodeaba, como si entre él y el mundo hubiera un abismo infranqueable.
- Dile que venga a divertirse con nosotros- dijo el rey.
-No sé, alteza. Vos sabéis que no le gusta mucho “divertirse”.
Elegard suspiró y luego tomó un sorbo largo de cerveza.
- La verdad que no deja de sorprenderme lo distintos que son. Padre e hijo son polos opuestos, absolutamente opuestos. Disculpa que te lo diga, amigo, pero ese chico siempre tuvo algo extraño. Cuando ustedes llegaron aquí, hace… ¿Cuántos años?
- Seis años- le recordó el guerrero.
Elegard se quedó unos segundos en silencio con la mirada perdida. Luego eructó.
- Parece mentira que haya pasado tanto tiempo desde esa noche en la que nos cruzamos y que salvaste mi vida. Thiara todavía estaba viva…
Al mencionar este nombre, el rey volvió a guardar silencio. A Protarco le pareció que en los ojos de su interlocutor estaban por asomarse unas lágrimas. Cuando él conoció al rey era un hombre digno, fuerte, pero luego de la muerte de su mujer entró en un proceso de decadencia que lo llevó a ser la bola de grasa, alcohol y vicio que era ahora. No podía pasar un día sin beber y si no fuera por Protarco ya hubiera perdido el trono ante alguna conspiración o algún ataque externo. Elegard estaba perfectamente consciente de ello y sólo con su general se mostraba en una actitud que en otro tiempo le había sido muy habitual.
- ¡Basta de recuerdos! ¡Pensemos en el presente y en la larga noche de placer que nos espera!- irrumpió el monarca sacudiéndose del triste torpor que por un momento lo había invadido.
El general sabía muy bien que el único punto débil del pingüe soberano acababa de atravesarle el corazón con un acúleo envenenado y que ese llamamiento al gozo desenfrenado era la única manera para aquel hombre de volver al estado de vileza que anulaba su dolor.
- Perdonadme padre-la voz flautada de Hanna dirigiéndose a su progenitor que se estaba atiborrando de comida interrumpió los pensamientos de Protarco.
- Perdonadme padre- repitió la muchacha con habla tímida y tenue- os pido el permiso de retirarme en mis aposentos ya que me encuentro extremadamente cansada.
Elegard dirigío una mirada distraída hacia el fruto de su semen y con la boca llena de carne de cerdo refunfuñó unas palabras incomprensibles que la doncella descifró como un consentimiento a su petición. Tras inclinarse ante su padre y soberano sonrió tímidamente a Protarco y se alejó de la sala.
- ¡Qué muchacha tan bella y encantadora!- pensó el general mientras la veía retirarse-¡Ojalá ese joven rebelde poseyera por lo menos una mínima parte del respeto que ella le tiene a su padre!.
Formular estos pensamientos y mirar hacia el rincón donde estaba el sombrío Keraos fueron dos acciones casi simultáneas pero lo único que el estratega vio fue un lugar vacío cerca del fuego crepitante contemplado hacia poco por el joven que, por lo visto, ya no se encontraba en esa sala.
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